Una mezcla entre amor y odio irrumpió en sus ojos. Pero toda esa fuerza contenida, no existía frente a la fría y distante indiferencia de la mirada en cuestión. Las lágrimas rodaban colina abajo por sus mejillas, luego serían brutalmente aplastadas y recogidas por el puño de su dueño, en un intento de disimular y evitar lo que era sabido. Buscaba en su mente un pensamiento, una idea, pero una a una las descartaba, tachándolas con cruces que ya no eran tales cruces, sino equis, y esas equis, incógnitas, representaban ese momento mucho mejor que cualquier idea o pensamiento que haya caminado por los senderos de su mente.
Una suave brisa acaricio su rostro y una sonrisa se dibujo en su cara, no había rastros de la indiferencia, del amor, ni del odio, solo una mano que iba y venía, hacia arriba, luego abajo y otra vez arriba y nuevamente abajo. Levantando la cabeza encontró una expresión picaresca en ella, una expresión que conocía casi tanto, como ella los divagues de él y su manía porque lo dejen viajar sin ser molestado por una mano ni por un chasquido. Siguiendo el recorrido por ese conjunto de bellos rasgos femeninos, los labios comenzaron a moverse disparando preguntas, una tras otra, tras otra. Intentó contestar. Algo no funcionaba, las palabras no salían de su mente, un acto muy egoísta de parte de ésta que se negaba a traducir el idioma que las cuerdas vocales expulsan. Quizás, lo que buscaba comunicar a modo de respuesta, no existía en forma de palabra. No, no era eso, no existía tal respuesta.
Él ya no estaba allí, tal vez, jamás lo había estado.