jueves, 29 de diciembre de 2011

El 10% para el chofer.

Corría el año 1956 en la ciudad de Buenos Aires. La argentina Peronista había caído hacía no muchos meses y esto generaba un tufillo reaccionario. Fue en marzo de ese año, que los choferes de colectivo (colectiveros, bondieros, bondiman) se vieron al espejo y dijeron, nos están estafando che. Reclamaron aumentos, hicieron paros, pero el único desencadenante que estas medidas trajeron, fue la represión. Cada vez que dos ómnibus llegaban juntos a un semáforo o a un vigilante que dirigía el tránsito (sin ser necesario que fueran de la misma línea) los respectivos manejantes, enviolentados, indignados y casi al borde del llanto histérico y gritón: “¡NO PUEDE SER QUE COBREMOS LO MISMO QUE UN MOZO DE 6 HORAS DE POMPEYA!”  o “ESTA MANGA DE OTARIOS SE CREE QUE ES FÁCIL CORTAR BOLETOS, COBRAR Y MANEJAR EN ESTA CIUDAD QUE ES UN CAOS, SI SEÑORA A USTED TAMBIÉN LE DIJE OTARIO, NO SEÑOR ESTA NO ES CANNING, SI SEÑORA LA CASA ROSADA ESTA EN FRENTE AL CABILDO Y SI, ES ROSA” , fue entonces, solo entonces, no antes ni después de ese preciso momento, en esa precisa esquina de Rivadavia y Muñiz, cuando un 86 y un 55 se detuvieron uno al lado del otro, detrás de la senda peatonal como Dios y Aramburu mandan. Segundos después de el silbatazo y la manito levantada del policía que significaba “extirparte por completo del derecho de avanzar y de hacerlo, lo harás sobre mi cadáver”, sin terminar de correr la ventanilla, el chofer que se dirigía a González Catán dijo, “¿Sabes cuál es la diferencia entre un mozo y nosotros? (Y como si hablara solo, sin esperar respuesta de otro ente ser humano que no fuera el mismo contestó de inmediato) ellos tienen su mugrosa propina” y arrancó, nuevamente como si hubiera hablado solo, lo que nunca supo o por lo menos ese día (ni el siguiente, ni el que vino después, ni el otro, ni siquiera el que siguió a ese otro, tampoco la semana siguiente al mes que ya había pasado) no se dio por enterado, fue que el otro si lo había escuchado y prestó tanta atención que apenas llegó a la central comunicó a sus compañeros bondimen (como se los llamaba por esas épocas) la fantástica idea que tuvo el compañero de la línea 86 que nunca se percató de haber conversado con el de la línea 55, “Tenemos que empezar a pedir propina muchachos, eso, propina” Se levantó uno, gordo con carita de ser el dador de equilibrio a Roberto Carlos clamando “Yo no le voy a pedir limosna a nadie” El pueblo lo aclamó, o así pareció sentirse cuando sonrió después de la ovación de sus 8 compañeros. “Nadie habló de limosna, che. La propina los mozos no la piden, la gente está acostumbrada a darla, entonces, hay que crear una costumbre, una tradición” dijo el otro que no había sido registrado ratos antes. “¿Y cómo hacemos ponemos cartelitos de “Por favor, deje su propina no sea hijo de puta”? 
Fue con esta gravísima incertidumbre con la que, el chofer de la línea 55 que había no sido registrado por el de la línea 86 que si había sido registrado por alguno de sus pasajeros, volvió a su hogar y fue solo cuando le comunicó el tormento a su mujer, que tuvo ahora si una idea salida de su propia imaginación: “¡Ya está! La costumbre la vamos a generar mediante la imitación. Así como Alberdi quiso traer extranjeros educados y capacitados para que el pueblo argentino aprenda de ellos por apegamiento  (nunca supo ni cuando había leído las bases  de Alberdi, escuchado hablar sobre ellas o al menos, desde cuando sabía que existió alguien llamado Juan Bautista Alberdi y que ese hombre tuvo el “Tupé” de escribir unas bases)” la esposa del bondiman (que a partir de ahora será llamada Aurelia, no por gusto personal, sino porque ese era su verdadero nombre)  , el cual no habían registrado su presencia horas antes, mirándolo estupefacta levantó una ceja y dijo “¿Y quién te pensá vos que puede ser tan boludos de dartes propina por amor a Dió?” Y fue entonces, y solo en ese entonces cumbre entre todos los entonces habidos hasta entonces, cuando el bondiman sonrió y dijo “Vos Aurelia, vos y todas las familias de los bondimen, cada vez que lleguen al final de un recorrido le darán propina al colectivero, sea o no familiar tuyo. De esta manera, la gente lo verá y no por placer, ni por solidaridá, sino para no quedar como una verdadera rata, empezará a darnos propina a los bondimen que tanto nos lo merecemo”
Y fue así, como los familiares de los bondimen o choferes, comenzaron a viajar todo el día en colectivo, solo para llegar al final del recorrido y darle su respectiva propina al chofer. Y de a poco, de uno, tímidamente, las personas ajenas a esta empresa macabra y maquiavélica, comenzaban a adherirse a la campaña de propina. Los choferes, ya no charlaban en las veredas para otra cosa que no fuera saber cómo había salido el equipo del otro el domingo, o si se iban los militares o esas cosas cotidianas y del día a día de esos años. Sonreían a cada persona que subía a su coche, sabiendo que a mayor sonrisa, mayor propina en caso de que fuera hasta el final del recorrido, todo sumaba y ayudaba a que los colectiveros sean más ambiciosos. Y esta ambición, se vio directamente reflejada en la aparición de nuevos trayectos, cada vez más cortos. El 29 de Noviembre del mismo año, se registró un recorrido de la línea 152 que fue desde casa de Gobierno hasta Retiro. Podía percibirse un malestar entre los usuarios (y no por haber sido omitidos del protagonismo de esta historia) de ahora en más todo podía ser motivo de revuelta, los tiempos de gloria para los bondiman habían llegado a su fin.
Y no se necesito más que un día para que este presentimiento se hiciera realidad, el 30 de noviembre en uno de eso viajes insólitos, los pasajeros ya irritados por el calor y el colectivo lleno, estallaron como cañita voladora. en este caso se dice de un 24 que comenzó su recorrido en el Obelisco y lo terminó en plaza de mayo, un hombre de unos 50 años con galera, se paró sobre un triciclo pedido a un niño, previa autorización de la madre por supuesto si vamos a hacer las cosas, las hacemos como Dios manda, che. Llamó a la gente. Gritaba, por favor juntémonos aquí, por favor es un tema importante. Lo miraban extraño, otro golpe militar no, por favor, pensaba la mayoría. En eso, un muchachito que había compartido el mini- trayecto con el hombre de la galera, un alfeñique que no pasaría los veinte años, le arrebato el triciclo, la galera y de paso un rubio y comenzó. ¡¿Cómo que me tengo que tomar tres colectivos, con suerte, para llegar de once a constitución?! Sí, usted escuchó bien señora, tres colectivos. Con los compañeros (la palabra compañero siempre surtía efecto en estas ocaciones) de aquí a mi izquierda, dicho sea de paso disculpe el golpe caballero, acabamos de presenciar un recorrido desde el obelisco, hasta aquí mismo, ¡el tranvía de diagonal norte! Ya no eran sólo los pasajeros indignados, estafados y malhumorados, al punto de poder prender fuego a un pobre vendedor de “pavaditas” que sin saberlo, estaba en medio de un momento cumbre de la historia argentina y de la relación pasajero-colectivero. No podemos continuar aguantado estas bravuconadas de parte de estos bondiman, ¡buitres, carroñeros y cornudos! La plaza ya estaba por lo menos, en un 1/32 de su capacidad y algunos chismosos que caminaban por los alrededores, comenzaron a cortar la calle prendiendo fuego cubiertas que encontraron dentro del cabildo previamente profanado, al grito de: “Yuta devolveme al General”. Sí, la revuelta de pasajeros se había desvirtuado, pero en un pensamiento rápido y Maquiavélico el muchacho gritó, ¡todos contra el 29! Y así fue como, chismosos, proto-piqueteros, pasajeros indignados, estafados y malhumorados y un montón de otras gentes que ni idea tenían de lo que estaba sucediendo, ni de porque estaban a punto de bajar a un colectivero de su transporte para colgarlo en la plaza, unieron fuerzas para quemar cuanto transporte público de personas de cuatro ruedas se les cruzara. Y así fue, durante 2 días se quemaron más de 35 colectivos, 5 taxis (aún no se a develado el móvil que llevó a este incidente menor) y 3 vagones de subte.
Fue entonces, cuando, sin recibir respuesta del gobierno, ni de parte de los colectiveros, que ahora comenzaban y terminaban sus recorridos cada dos cuadras, en modo de, “No nos vamos a amedrentar y si tenemos que golpear a cada pasajero con un las monedas de su vuelto para sacarle una chirola, lo haremos sin ningún tipo de problema”, los pasajeros indignados, estafados y malhumorados, que ahora se había reproducido de forma altamente peligrosa para los bondiman, decidieron reunirse, nuevamente en la famosa plaza frente al cabildo, la catedral y la municipalidad, para debatir que hacer.
De tal debate se desprendieron las siguientes opciones:
a.    Seguir con la toma de colectivos y fogatas de los mismo, sin desconsiderar la idea de colgar a los choferes y/o usuarios que se interpusieran entre el objetivo del FAMUCI (Frente Argentino Marxista de Usuarios de Colectivos Indignados).
b.    Como los colectiveros reclamaban su propina en el final del recorrido, comenzar a bajar una parada antes del final del mismo. En el caso de que sigan los recorridos fugaces (no fugazzeta) realizar un paro hasta que se normalice el servicio.
Estas fueron las dos salidas más votadas por los activistas de la plaza de ese 33 de noviembre. Como había más de 500 personas en aquel espacio (¿verde?) público, se tomó la decisión de llevar las dos opciones a un comicio libre, a realizarse al día siguiente a la misma hora, en el mismo lugar. Mientras tanto, debía quedar en veda cualquier tipo de acción a favor de cualquiera de las dos opciones, hasta el día siguiente cuando se supiera la ganadora, los protestantes no se harían cargo de los disturbios generados y lo dejarían en manos de la justicia, es decir, librado al azar. El nivel delictivo contra los colectivos, bajo a casi 0 en lo que restó de esa tarde y lo que duró la noche siguiente.
Ese 3 de diciembre, fue un día muy esperado y luego de varias horas de expectativa y bombos y banderas a favor de una u otra propuesta, finalmente triunfo la opción B (Para más información volver a la sección donde se especifican las posibles salidas ante el problema). Se dispuso un cese a las armas (en este caso bombas molotov, encendedores, fósforos, asados), un paro de dos días en un principio o hasta que se normalizara el servicio y por último, los pasajeros que no estuvieran dispuestos a abonar la famosa propina, estarían en todo su derecho a bajar una parada antes del final del recorrido o en caso contrario abonar lo que corresponde. Con respecto a la otra medida, no se opto por utilizarla bajo ningún punto de vista debido al amplio margen de 789 votos a favor de la opción B, contra 16 de la opción A (entre ellos, 2 no videntes, un niño de 4 años y el resto militantes del FAMUCI), en caso de que se pusieran en práctica acciones relacionadas a la propuesta A, los usuarios que optaron por la B no se harían responsables y no solo eso, sino que también estarían dispuestos a unirse a favor de los bondimen para pisotear hasta la muerte al FAMUCI. Todo esto, fue comunicado por escrito a la ACA (Asociación de colectiveros Argentinos).
En fin, así fue como a partir de ese 3 de diciembre de 1956 los usuarios de colectivos se unieron en una causa común y nunca más viajaron hasta el final del recorrido. 

domingo, 25 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 3)

Ese era el día. No tendría otra posibilidad, ya no. Las otras las vio pasar como colectivo lleno, esas veces el chofer y el muchacho que veía pasar el ómnibus, eran él, las dos personas eran él. Quien manejaba y quien se quedaba afuera. No era un caso de cobardía, no. Esa razón, hubiera sido la salida simple para intentar entender, pero también la más errónea. No es momento de remover el pasado,  sirve para no repetir errores, y ese día no los repetiría. Sus pies van y vienen y van y vienen a toda marcha, casi empujándose, algún otro caminante podría pensar, ese hombre se caerá en cualquier momento si sigue caminando sin correr. Lo que sucede, es que llega tarde, llega tarde a la lucha consigo mismo. Nunca venció. Pero esta vez es diferente, esta vez por una suerte divina tal vez, estaba confiado. Si, confiado, seguro, fuerte, sabiéndose ganador antes del encontronazo. No podía fallar, todo estaba perfectamente calculado. Jamás se le pasaba detalle alguno, no tenía porque suceder justo ese día, ese día. El golpe era perfecto y lo mejor era que nadie sabía nada. El era su único cómplice y en realidad, vaya horrible paradoja, ahí estaba el problema. Por momentos el, era él. Pero él, Antonio Segovia, no siempre era él. Su otro él, vivía con un solo propósito, arruinar cualquier clase de plan, creado por su yo original. Y lo lograba, vaya si lo lograba. Su casa era el umbral de una verdadera casa abandonada, su manta, no tenía manta hasta hoy, era esta campera que quien sabe de dónde salió, su sustento y comida, lo que las personas desprecian. Y él, Antonio Segovia, aborrecía con toda la fuerza de su cuerpo la caridad, la horrible y desinteresada caridad, recurso utilizado por dos motivos. El primero, sacarse de encima al sujeto en cuestión, con altas probabilidades de hostilidad y llegado el extremo de robó, secuestro, tortura y posterior, salida fácil una moneda y cara de asco. El segundo, llegar a casa y sentirse bien porque “hoy ayude a un pobre infeliz que no tiene mi suerte de tener una familia, una casa, un trabajo y una libertad ficticia y distante de la realidad”.
Caminaba ya menos apurado, tal vez por ese vino en cartón que llevaba en su mano y nunca supo cómo llegó a sus manos, más precisamente su mano derecha. Ya estaba cerca. Eso, el dinero estaba en la campera y luego entró en el kiosco de la esquina y compró el “tetrabrik”, así había aparecido, no fue ningún acto de magia. Hubiera sido lindo un acto de magia entre tanto nerviosismo, lástima que la razón siempre vence. Intentando recordar, para no caer en errores obvios, llegó a su mente la idea de que no tenía pasado o por lo menos, no lo encontraba en los archivos de su memoria. No quedaban rastros del tiempo que pasó, había erosionado por completo, solo quedaban fotografías, reparto de cartas, guitarra colgada en el hombro, ilusiones perdidas en alguna esquina, de algún barrio olvidado. De pronto, sus pies se frenaron en un acto de anarquismo del más puro. Los observó con inquietud, casi con una mueca de risa, que les pasa muchachos, no es el día para la vagancia ya tuvimos mucho de eso, les dijo a sus fieles camaradas de siempre. Pero éstos, continuaban ahí, quietos, tiesos, inmóviles, sin vida alguna que los incitara a iniciar una caminata, corrida, salto o trote. Imposible moverlos, él, estaba empezando a actuar, a poner piedras en el camino. La solución estaba en su mano derecha, se sentó contra una pared y silbando una canción olvidada bebió. Bebió hasta olvidar quien era, que hacía allí y porque sus pies se detuvieron. Pies. ¿Pies? ¿Detenidos? Ya caminando intentaba descifrar que había querido decir su mente con “Pies detenidos”. No tuvo que olvidar mucho, para no saber ya quien era, su nombre estaba tatuado en su antebrazo izquierdo, pero ¿Quién era? Esa es una respuesta que nunca tuvo. O tal vez la tuvo o la tiene, pero no la supo o sabe ver, o no quiso. ¿Quién era? Quien es, ya no importa, es nadie es un fantasma entre el cemento. Un ser sin sentimientos, sin vida más que la que le dan sus órganos. Por esto, lo único que le preocupaba realmente era poder saciar los pedidos de estos, ya sea con comida, bebida u otros productos varios. Ahora, ¿Quién fue? (en algún tiempo pasado, no se sabe cuántos años atrás, solo sabemos que fue antes de que sus pies se detuvieran) esa era una pregunta verdaderamente interesante y digna de horas y horas y horas y minutos y kilómetros de reflexión. Fue muchas personas, muchas personas metidas en un solo cuerpo, es decir un quilombo constante como si vivieran 15 gentes en un mono ambiente de Dock Sud.  
Dobló a la derecha pasando por la puerta de una carnicería con la foto de “El mudo”, faltaba media cuadra. Media cuadra a la felicidad eterna, media cuadra al golpe. Media cuadra. Tan corta distancia, tanto tiempo esperando. Segovia estalló en una risa y las personas que pasaban a su alrededor lo miraron con firme extrañeza, pero ya estaba acostumbrado a esa mirada, ya estaba inmunizado ante ella. Aminoró la marcha y repitió en su mente, paso por paso su plan. Entonces, todo se complicó, desde su vista nublada hasta ese batallón de patrulleros frenando bruscamente antes de llegar a la esquina. Dos muchachos salieron como perseguidos por el diablo de un local, Segovia respiró, pero fue entonces y sólo entonces cuando entendió todo. Ramírez había jugado su última carta, en forma de aceite para auto sobre la vereda. Segovia, su yo, sonrió. Cuantos nombres había tenido en este tiempo, ya no conocía el real. Sonriendo, se encontró con las manos en alto encendiendo su cigarrillo, mientras los oficiales gritaban barbaridades y lo insultaban, no entendían, ninguno entendía. O al menos, no lo hicieron hasta que su mano lentamente se abrió y el encendedor cayó lenta y suavemente en un movimiento estéticamente perfecto hacia el aceite. Segundos pasaron y el ya estaba en la esquina escuchando complacido la sinfonía de explosiones. Sintió una brisa fría, muy fría. ¡La campera!, la había dejado en el fuego. Entonces Ramírez y Segovia, se abrazaron.  

jueves, 22 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 2)

Luego de varias cuadras de correr y doblar a la derecha y seguir corriendo. El personaje se detuvo frente a un montículo de panes que comían perros. Un muchacho de unos veinte años, alto y fibroso encontró un encendedor dentro de la campera, ya sin correr, caminaba. En teoría sin rumbo. Pidió un cigarrillo a un grupo de muchachos en una esquina y se fue silbando a evitar la puesta del sol. Era divertido para él, silbar y fumar, como si estuviera en un escenario, que mientras el cantante, canta (casualidad del cosmos), sale humo de esas maquinitas, tira humos (otra casualidad del cosmos y Zeus). Campera al hombro, caminaba y caminaba sin cesar. Llegó a una plazoleta, con una escuela frente a ella y se sentó, con la espalda contra la pared y la mirada desafiante contra el establecimiento. A pesar del repudio de los padres presentes, que miraban con cierto disgusto y reprobación al muchacho de la plazoleta, que fumaba, mientras tocaba una guitarra que pedía a gritos el cambio por desgarro, rotura de ligamentos cruzados, contracturas y otras lesiones graves y no tanto, éste se quedo ahí, sentadito, inmutable, pero siempre, siempre haciéndola sonar. Sentado en el banco de la plazoleta, tocaba y fumaba con la mirada perdida en alguna partícula aérea, de esas que se observan al mirar al cielo durante la tarde. Fue entonces cuando los inocentes colegiales  (y colegialas) comenzaron a emigrar del instituto y fue entonces también, cuando los adultos comenzaron a mirar con más recelo al muchacho de la bigüela y su aire ausente. El cual, sospechaban que no era tan ausente, sino que escondía la intención de engatusar, para drogar a sus hijos, violarlos (sin importar sexo, ni edad, un muchacho con el pelo de ese largo, no podía tener ningún tipo de decencia, ética o moral), embriagarlos y por último devolverlos a sus hogares, dejándoles toda la carga y molestia a ellos, sus padres. Quienes solo habían buscado el bien en sus retoños, alejándolos de todo mal, como la realidad o eso. Sí, eso. Eso, lo innombrable, era la clave, lo irrevocablemente indiscutible. Con un muchacho así, sus hijos pensarían. Y sus hijos no debían pensar, no, jamás, eso nunca. Sus hijos debían seguir con el legado de sus padres, colegio, facultad, novia, egreso, casamiento, plenitud laboral, hijos y la rueda que vuelve a empezar (agregar a gusto y cantidad la palabra infelicidad). Mientras tanto el muchacho, seguía perdido en un mundo paralelo de acordes y versos y poesía. Cuando repentinamente el mundo se detuvo -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------  Una muchacha le disparó su mirada y su aerostático de imaginación imaginada, se vino a pique sin más remedio que el aterrizaje forzoso de una sonrisa. La muchacha, ruborizada, cambió de enfoque automáticamente, como retando a sus ojos por esa acción prohibida e indebida, pero ya era tarde. O temprano tal vez. Para cuando quiso volantear y tomar las riendas nuevamente, sus miradas ya eran una, y sus dientes desnudos se mostraban al viento para el bello muchacho cantor de la vereda de enfrente. Sus pies caminaban lentamente, casi sin andar. Ni las bocinas, las frenadas, los insultos o las súplicas de su madre importaban, nada importaba. Ni siquiera era tenida en cuenta semejante barbaridad. Importar, para que algo importe, hay que pensar y ninguna acción estaba más libre de la corrupción de la mente que esta caminata hacia la usina donde era fabricada esa luz, esa hipnótica y a la vez ingenua mirada. La guitarra sonaba por sí sola, ya que el enclenque, había dejado de posar su atención hacía ya varias horas, pero raramente esta seguía sonando con más y más belleza. Tal vez, ella, la guitarra, estaba logrando lo que el no, estaba describiendo a la muchacha, que cada vez estaba más cerca y que contrariada con toda obra de arte, solo había que acercarse para encontrar la perfección. Fue entonces, cuando los automóviles, viles maquinas de polución y consumo, se detuvieron por completo. El sueño de los fumadores se realizó, ya que estos dejaron de consumirse, aunque no pudieron disfrutarlo ya que, ellos también estaban presos del gualicho de estos dos jóvenes suicidas. El canto de los pájaros voló por los aires inconcluso y triste, sin compañía de su amigo el viento.  “Fue entonces” decía que sus miradas se apagaron y sus labios se acariciaron como si el movimiento de la tierra dependiera de ello.
Cuando recobró la memoria, era de noche. La guitarra seguía bajo sus dedos y la campera sobre su hombro. No había rastros de la muchacha. Ni la más ínfima e insignificante pista. Se levantó y muy tranquilamente se fue por donde había llegado, contrario a su llegada, esta vez nadie notó su presencia, es decir, la falta de ella. Vagando por las calles porteñas decidió entrar en un bar. Sentado en una mesa, pegado a la ventana, pidió hablar con el dueño del lugar. Su mente estaba verdaderamente rápida, sorprendido por esto sonrió maléficamente, como quien acaba de enhebrar el más macabro plan pensado jamás por cualquier remoto ser que haya habitado la tierra, o fuera a habitarla en algún momento de los siglos de los siglos de los siglos que quedan por delante, siempre y cuando escupamos sobre el Popol Vuh.  Arregló con el dueño tocar algunas canciones a cambio de que éste, le diera dos cervezas y le cobrara a la mitad de precio las siguientes, fue un acuerdo tácito y automático que habría siguientes. Era una buena manera de no pensar en la desconocida o al menos de pensarla y obtener un pequeño rédito de ello, es decir emborracharse más barato. A una cierta hora, luego de la primer cerveza, comenzó con su pequeña e improvisada lista de canciones. Entusiasmados, él y el reducido, pero acogedor, público, estiró la lista más de la cuenta, esto produjo que la segunda cerveza se acabara antes de la cuenta, es decir mientras tocaba. La ebriedad que empezaba a golpear la puerta y la boca ya reseca por la sustancia de malta, lo llevaron a pasar una improvisada pero más que útil gorra. Esto, cerró de manera perfecta para las tres partes, el muchacho pudo continuar bebiendo, la gente escuchando y el dueño del bar cobrando, a él y al público pequeño pero acogedor. Luego de varios ratos sobre el improvisado escenario, el muchacho decidió dar por terminado el show, bajó lentamente, no vaya a ser cosa de embarrar la imagen con una estampada de frente contra la barra. Se le acerco un hombre, ni joven ni viejo, un hombre. Un masculino. El muchacho no entendía muy bien que sucedía, pero notaba que algo en el tono de voz del hombre andaba mal. Quizás era porque estaba muy alto, el tono, o quizás por el tono imperativo y violento en el que lo trataba. Quién sabe. Bueno, el lo supo minutos más tarde cuando este borracho, en ese preciso instante comprendió que el masculino estaba plenamente ebrio y bajo la peor ebriedad, la violenta. Todas las piezas encajaron cuando el muchacho lo empujó hacia el escenario y él, sin dudarlo un segundo tomo el envase de cerveza y se lo partió en la cabeza.  Se disculpó con el dueño por lo ocurrido, tomó su guitarra, la campera y el sombrero y se retiró con total discreción.
Habían pasado varias horas ya, lo noto por las cuchilladas que le dieron entre el sol y la brisa mañanera, necesitaba una botella más antes de acostarse y, por lo menos, unos cuatro cigarrillos. Pero tenía un pequeño gran impedimento moderno, carecía por completo de dinero. Decidido nuevamente por la ebriedad o mejor dicho, decidiendo nuevamente la ebriedad por él, comenzó a pedir dinero a las pocas personas que se le cruzaban. Todos entre ancianos y borrachos (que por tener esta cualidad estaba claro que no tenían dinero) le negaban por completo su caridad. Dobló a la izquierda sin saber por qué. Caminó unas 15 cuadras o tal vez 3, solo Zeus lo sabría. ¿Disculpa no tenés una moneda para una birra o unos puchos? Le dijo a un hombre tirado en el umbral de una hermosa casa entrada en años y abandono. Monedas no tengo, pero te cambio mis quince pesos, por tu campera flaquito, contestó el hombre. Sin dudarlo aunque sea un instante, el muchacho le entregó la campera al hombre y este los quince pesos, perfectos para comprar la cerveza sin el envase, los cigarrillos y el boleto de vuelta a su casa, si es que todavía tenía casa y peor aún, si es que todavía existían los colectivos.  

lunes, 19 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 1)

Llegaba tarde, por eso caminaba apurado, a pasos de Godzilla, o eso le gustaba pensar  cuando daba esas largas e interminables zancadas, en las que no importaba, pisar una baldosa, una hormiga, un talón o la tibia con yeso de algún lisiado. Andaba con la campera bajo el codo, arrastrándola por el piso, “que ciclotímica es esta primavera che, la etapa menopáusica del año. Frio, calor calor calor caloooor, frio, todo en el mismo día”. Casi corriendo, probaba que tan rápido podía caminar sin trotar, le gustaba adaptarse al ritmo del resto de las personas. Personas. ¿Personas?, bailarines que siguen un ritmo y compás,  en distintas direcciones, pero por el mismo motivo, mantener vivo a un sistema agonizante.  Las cuadras eran desiertos, en las que las esquinas serían oasis de agua que siempre, se corren un poquito más allá, para molestar al pobre caminante que nunca, jamás de todos los jamases habidos y por haber, llegara  a destino, a menos que consiga burlar el espejismo. La mayoría lo logra, ya que no es consciente de esto, no ve las esquinas, solo las cruza y vuelve a empezar. Estaba cerca, lo presentía, lo olía en el aire, o quizás, en realidad se sentía más cerca porque vio la plaza. Pero, ¿cerca? ¿Cerca de dónde?
Llegando a destino, buscó, analizando minuciosamente las probabilidades de: asientos libres, sombra, vista panorámica, niños, pelotas y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de estas bases (en ese orden). O tal vez fuera mejor, asientos libres, niños, pelotas, sombra, vista panorámica y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de las bases (Si, ese era el orden). No, la sombra era un asunto de mayor importancia, sin ningún tipo de dudas y se terminó la discusión. Situación más que normal, en Ramírez este tipo de discusión consigo mismo, ya que, era un tipo muy que democrático y abierto a nuevas ideas, a pesar de que estas estuvieran ya en su cabeza. Observaba y estudiaba las posibilidades, deteniéndose cada cinco metros, o seis tal vez, verificando que el rectángulo de cemento, de probable alta temperatura, cumpliera con los requisitos previamente establecidos. Tras fallas varias, encontró el indicado, debajo de un gran árbol, Dios sabrá qué clase de planta tamaño XXL habrá sido. Los niños más cercanos se encontraban a unos 15 metros, es decir dos o tres bancos de distancia, pero, aquí se encuentra el dato que lo llevó a seleccionar ese pedazo de masa solida gris como asiento. No había rastro alguno de pelotas u otro objeto esférico que pusiera en riesgo su integridad física o la de algún alma desdichada y sin suerte, que ingresara por casualidad en la plaza y recibiera un grotesco y violento pelotazo en su frente, volteándolo bruscamente sobre sus nalgas. Y no termina ahí, el impulso que llevara el endiablado balón sería tal, que tras el impacto anal con la tierra, su tronco continuaría el trayecto, finalizando el recorrido con un golpe seco (como una nuez) de su nuca contra una de las masas solidas y grises, perdiendo automática e irrevocablemente la vida, es decir, en ese preciso y triste instante de azar oscuro. En fin, nada de niños, ni pelotas, en cambio, la sombra era óptima, por último, la vista. La vista no era de lo mejor que podía conseguirse, pero considerando que el resto de los requisitos estaban aprobados, el tema de tener en frente un banco, un pedazo de pasto y la calle  (como en ese momento) o un árbol con flores y hojas que cayeran al vacío dejándose llevar de aquí para allá por la cálida brisa primaveral, pájaros aleteando y danzando alegremente sobre su cabeza, una planta de frambuesas  y una mujer haciendo top-less en el balcón de la vereda de enfrente, eran pormenores.  A su espalda, un par de cotorras reñían por un pedazo de pan, gritándose todo tipo de insultos (a pesar de no hablar el idioma de las cotorras, era obvio que se peleaban por el pan y solo un burro no hubiera sabido distinguir los insultos) cuando llegaba lo mejor y el pleito estaba por pasar a mayores, es decir picotazos y gritos desgarradores, llegaron ellas, una paloma  por lo visto dueña de una prioridad innata desconocida por Ramírez hasta el momento, y se adueñó de la merienda, mientras las verdes cotorritas cabronas, huían a toda velocidad en una dirección desconocida. Por fin se sentó, hasta él mismo se dio cuenta de que hacía ya un rato largo, que se encontraba parado junto al banco ganador. "¿Las palomas conquistarán el mundo? Tal vez, punto seguido Lo que es seguro coma es que lo dominarían mejor que los humanos punto final" Dictó al aire Ramírez. Hago tiempo, pero ¿Para ir a dónde? ¿A encontrarme con quién? Hacer tiempo. Que expresión más paradójica, pensó. No me sorprendería que un día de estos, aparezca alguna de esas empresas multinacionales diciendo: "aprenda a hacer tiempo", sea el mejor fabricante de tiempo, nunca más una llegada tarde a su trabajo, ni a una cita, podrá estudiar y trabajar al mismo tiempo… la publicidad probablemente siguiera, pero Ramírez se distrajo con otro concepto de su idea.  La tasa de suicidios subiría notablemente, después de unos cien o doscientos años, cuando la gente se diera cuenta, de que el hecho de hacer tiempo, le permite vivir ilimitadamente y ese, sería el momento en el que familiares, es decir hijos, nietos, bisnietos, tátara nietos, tátara tátara nietos (creo que se entendió el concepto) haría juicios recontra millonarios a estas empresas que enseñaron a “fabricar tiempo” a sus padres, abuelos (bla bla) y los condujeron a los más tristes suicidios. Entonces, más que hacerlo, lo gasto  la idea ingresó en su cabeza como un rayo e instantáneamente, estalló la risa. "La señora del banco de al lado me miró, ya no soportan ni las risas, che". Bajó los ojos hacia su muñeca para saber la hora, faltaban 15 minutos para las 16, o al menos, eso imaginaba Ramírez, que carecía de reloj desde hacía años, "me molesta" argumentaba siempre, cuando le preguntaban por qué los dejaba en su mesa de luz."Que buen invento una mesa de luz. Imaginate, conectada a la pared, no necesitas velador, ni tener que pararte hasta la otra punta de la habitación a apagar la luz que te olvidaste prendida hace 10 minutos sin saber que querías dormir. Debería patentarlo, debería ser inventor, ma que cartero ni que cartero, yo voy a ser inventor" Entusiasmado con la idea, su boca comenzó a inquietarse lentamente, se agrandó, creció un poco más hasta que, de un instante al otro, quebró el silencio con su risa. "Otra vez esta señora que me mira mal, ya nadie ríe en estos días, que pena" Debe ser la hora, mejor voy yendo. Sintió que algo lo perseguía, que lo miraba fijamente. No era cualquier mirada, era una mirada fría, quieta, al parecer, sin interés de enfocar sus ojos a él. Giró el tronco, intrigado por saber quién era su perseguidor, pero no había nadie detrás. Nadie. Ni un alma, ni la señora del banco de al lado se encontraba ya en la plaza. Levantó el hombro como gesto de desconcierto y continuó su ruta.
Comenzaba a nublarse, acto reflejo, Ramírez ensayó un movimiento estéticamente perfecto para arroparse, entonces descubrió una comodidad en su cuerpo, no experimentada en los ratos anteriores.  Una sensación de que algo le faltaba comenzó a adueñarse de su mente, en primer lugar y más tarde de su cuerpo, esto lo llevaría a comprender las razones de la estabilidad entre el cuerpo, el alma y la mente. “Si mi mente esta de mal humor, porque no entiende que le falta o porque siente menos pesado el cuerpo, entonces este último se sentirá de mal humor por solidaridad con la primera. No queremos malos entendidos entre vecinos.” El pensamiento de Ramírez fue tan profundo que se perdió en su realidad, sin percatarse antes, de que su cuerpo era realmente más liviano. Entonces, sus brazos comenzaron a aletear, aleteaban cada vez más rápido, como si quisieran desafiar a la lógica y despegar del piso, la gente comenzó a detenerse y mirarlo. Observar a ese hombre que aleteaba y parecía levitar. Primero el pie derecho lentamente se despego del piso. Luego, el izquierdo hizo lo propio y suavemente, cual gaviota rozando ese gris espejo que es el mar en invierno, emprendió el vuelo. Y despegó, como si fuese una acción tan natural como dejar entrar el aire en los pulmones o pitar un cigarrillo. Fueron segundos hermosos, eternos. De pronto, recordó que había sentido un golpe en la punta de su pie, con una de esas malditas baldosas levantadas. Se abrazó al piso de una forma mucho menos estética de la que había emprendido el falso vuelo. Primero las rodillas, luego el torso, amortiguado por los brazos y por último su cara que derrapo violentamente por la vereda, avanzando unos 2 o 3 centímetros. La gente que antes miraba estupefacta, ahora reía. Ríen, no pueden reír por sí mismos, tienen que esperar a que alguien pase por ridículo para sentir que no son los únicos, para proyectar la larga agonía en una pobre alma torpe pensó tranquilizándose Ramírez. El golpe no sólo lo condujo a esa teoría hermosa, pero triste y kafkiana, sino también a recordar su campera sobre el banco de la plaza, abandonada cual pelota en la rama más alta, del árbol más alto del mundo. O del barrio, que en todo caso, es como un mundo para un niño, o al menos era su mundo cuando él lo era. Su pequeño y limitado mundo, pero suyo al fin, donde todo estaba al alcance de su mano (o al menos casi todo, si no contamos la maldita pelota, colgado del maldito árbol, en el maldito barrio, que es su pequeño y acogedor maldito mundo). Aunque su tesis, llamada de esta forma ya que era imposible comprobarla, al menos en ese momento y en esas condiciones. No sería muy tenido muy en cuenta un hombre de unos treinta años, desparramado en el piso, esa era su verdadera posición, nada de tirado o echado, se encontraba verdaderamente desparramado en el piso. Los cigarrillos a casi un metro eran la muestra de ello, para Ramírez esto equivalía a tener un riñón en la otra esquina.  En cuanto recobró la postura de homo sapiens, miró con ira a sus compañeros de caída, que seguramente se reían con él y no de él. Y se echó a correr.
Llegó a la plaza, o palomar o cotorral o cotorralpalomar. Plaza, era una plaza. Se encontró frente a su banco, aunque con la particularidad de que su campera ya no reposaba tranquila sobre éste. Una sombra pasó rápidamente por el rabillo de su ojo izquierdo. Giró para ver mejor la situación y entonces comprendió. Era su campera que huía en el hombro de un alguien que precisamente no era él, su dueño, que tan bien la había tratado, seleccionando cuidadosamente no sacarla en días de lluvia ni ventosos. Quedando solo los días de sol, que como bien se sabe, en la extraña Buenos Aires a menos que nos encontremos en invierno, una campera en un día soleado equivale a un paraguas en una sudestada caminando al lado del río, considerando que no abundan los días soleados en invierno, esa campera debería ser la más feliz de este planeta o este barrio al menos, aunque este no era su barrio, debería ser feliz al fin. Viéndose en una clara desventaja de espacio, una cuadra y media y físico, dos o tres pulmones, decidió considerar la campera un obsequió para el desconocido.  Metió la mano derecha en su bolsillo izquierdo y removió como si su vida dependiese de ello y allí estaban, mansos y tranquilos, en su bolsa de lana, sus últimos dos cigarrillos. Extrajo el paquete y sacó uno del atado. Nuevamente lo invadió una sensación de pérdida, equivalente al percance con la campera. Con las dos manos se palpó todos los posibles refugios que podía haberle dado a su encendedor, pero no tuvo éxito. Una lagrima rodo por uno de sus pómulos al recordar el abrigo en cuestión y el aparatejo para prender el tabaco. ¿Quién será su nuevo dueño? ¿Los tratará como corresponde?