domingo, 25 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 3)

Ese era el día. No tendría otra posibilidad, ya no. Las otras las vio pasar como colectivo lleno, esas veces el chofer y el muchacho que veía pasar el ómnibus, eran él, las dos personas eran él. Quien manejaba y quien se quedaba afuera. No era un caso de cobardía, no. Esa razón, hubiera sido la salida simple para intentar entender, pero también la más errónea. No es momento de remover el pasado,  sirve para no repetir errores, y ese día no los repetiría. Sus pies van y vienen y van y vienen a toda marcha, casi empujándose, algún otro caminante podría pensar, ese hombre se caerá en cualquier momento si sigue caminando sin correr. Lo que sucede, es que llega tarde, llega tarde a la lucha consigo mismo. Nunca venció. Pero esta vez es diferente, esta vez por una suerte divina tal vez, estaba confiado. Si, confiado, seguro, fuerte, sabiéndose ganador antes del encontronazo. No podía fallar, todo estaba perfectamente calculado. Jamás se le pasaba detalle alguno, no tenía porque suceder justo ese día, ese día. El golpe era perfecto y lo mejor era que nadie sabía nada. El era su único cómplice y en realidad, vaya horrible paradoja, ahí estaba el problema. Por momentos el, era él. Pero él, Antonio Segovia, no siempre era él. Su otro él, vivía con un solo propósito, arruinar cualquier clase de plan, creado por su yo original. Y lo lograba, vaya si lo lograba. Su casa era el umbral de una verdadera casa abandonada, su manta, no tenía manta hasta hoy, era esta campera que quien sabe de dónde salió, su sustento y comida, lo que las personas desprecian. Y él, Antonio Segovia, aborrecía con toda la fuerza de su cuerpo la caridad, la horrible y desinteresada caridad, recurso utilizado por dos motivos. El primero, sacarse de encima al sujeto en cuestión, con altas probabilidades de hostilidad y llegado el extremo de robó, secuestro, tortura y posterior, salida fácil una moneda y cara de asco. El segundo, llegar a casa y sentirse bien porque “hoy ayude a un pobre infeliz que no tiene mi suerte de tener una familia, una casa, un trabajo y una libertad ficticia y distante de la realidad”.
Caminaba ya menos apurado, tal vez por ese vino en cartón que llevaba en su mano y nunca supo cómo llegó a sus manos, más precisamente su mano derecha. Ya estaba cerca. Eso, el dinero estaba en la campera y luego entró en el kiosco de la esquina y compró el “tetrabrik”, así había aparecido, no fue ningún acto de magia. Hubiera sido lindo un acto de magia entre tanto nerviosismo, lástima que la razón siempre vence. Intentando recordar, para no caer en errores obvios, llegó a su mente la idea de que no tenía pasado o por lo menos, no lo encontraba en los archivos de su memoria. No quedaban rastros del tiempo que pasó, había erosionado por completo, solo quedaban fotografías, reparto de cartas, guitarra colgada en el hombro, ilusiones perdidas en alguna esquina, de algún barrio olvidado. De pronto, sus pies se frenaron en un acto de anarquismo del más puro. Los observó con inquietud, casi con una mueca de risa, que les pasa muchachos, no es el día para la vagancia ya tuvimos mucho de eso, les dijo a sus fieles camaradas de siempre. Pero éstos, continuaban ahí, quietos, tiesos, inmóviles, sin vida alguna que los incitara a iniciar una caminata, corrida, salto o trote. Imposible moverlos, él, estaba empezando a actuar, a poner piedras en el camino. La solución estaba en su mano derecha, se sentó contra una pared y silbando una canción olvidada bebió. Bebió hasta olvidar quien era, que hacía allí y porque sus pies se detuvieron. Pies. ¿Pies? ¿Detenidos? Ya caminando intentaba descifrar que había querido decir su mente con “Pies detenidos”. No tuvo que olvidar mucho, para no saber ya quien era, su nombre estaba tatuado en su antebrazo izquierdo, pero ¿Quién era? Esa es una respuesta que nunca tuvo. O tal vez la tuvo o la tiene, pero no la supo o sabe ver, o no quiso. ¿Quién era? Quien es, ya no importa, es nadie es un fantasma entre el cemento. Un ser sin sentimientos, sin vida más que la que le dan sus órganos. Por esto, lo único que le preocupaba realmente era poder saciar los pedidos de estos, ya sea con comida, bebida u otros productos varios. Ahora, ¿Quién fue? (en algún tiempo pasado, no se sabe cuántos años atrás, solo sabemos que fue antes de que sus pies se detuvieran) esa era una pregunta verdaderamente interesante y digna de horas y horas y horas y minutos y kilómetros de reflexión. Fue muchas personas, muchas personas metidas en un solo cuerpo, es decir un quilombo constante como si vivieran 15 gentes en un mono ambiente de Dock Sud.  
Dobló a la derecha pasando por la puerta de una carnicería con la foto de “El mudo”, faltaba media cuadra. Media cuadra a la felicidad eterna, media cuadra al golpe. Media cuadra. Tan corta distancia, tanto tiempo esperando. Segovia estalló en una risa y las personas que pasaban a su alrededor lo miraron con firme extrañeza, pero ya estaba acostumbrado a esa mirada, ya estaba inmunizado ante ella. Aminoró la marcha y repitió en su mente, paso por paso su plan. Entonces, todo se complicó, desde su vista nublada hasta ese batallón de patrulleros frenando bruscamente antes de llegar a la esquina. Dos muchachos salieron como perseguidos por el diablo de un local, Segovia respiró, pero fue entonces y sólo entonces cuando entendió todo. Ramírez había jugado su última carta, en forma de aceite para auto sobre la vereda. Segovia, su yo, sonrió. Cuantos nombres había tenido en este tiempo, ya no conocía el real. Sonriendo, se encontró con las manos en alto encendiendo su cigarrillo, mientras los oficiales gritaban barbaridades y lo insultaban, no entendían, ninguno entendía. O al menos, no lo hicieron hasta que su mano lentamente se abrió y el encendedor cayó lenta y suavemente en un movimiento estéticamente perfecto hacia el aceite. Segundos pasaron y el ya estaba en la esquina escuchando complacido la sinfonía de explosiones. Sintió una brisa fría, muy fría. ¡La campera!, la había dejado en el fuego. Entonces Ramírez y Segovia, se abrazaron.  

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