lunes, 19 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 1)

Llegaba tarde, por eso caminaba apurado, a pasos de Godzilla, o eso le gustaba pensar  cuando daba esas largas e interminables zancadas, en las que no importaba, pisar una baldosa, una hormiga, un talón o la tibia con yeso de algún lisiado. Andaba con la campera bajo el codo, arrastrándola por el piso, “que ciclotímica es esta primavera che, la etapa menopáusica del año. Frio, calor calor calor caloooor, frio, todo en el mismo día”. Casi corriendo, probaba que tan rápido podía caminar sin trotar, le gustaba adaptarse al ritmo del resto de las personas. Personas. ¿Personas?, bailarines que siguen un ritmo y compás,  en distintas direcciones, pero por el mismo motivo, mantener vivo a un sistema agonizante.  Las cuadras eran desiertos, en las que las esquinas serían oasis de agua que siempre, se corren un poquito más allá, para molestar al pobre caminante que nunca, jamás de todos los jamases habidos y por haber, llegara  a destino, a menos que consiga burlar el espejismo. La mayoría lo logra, ya que no es consciente de esto, no ve las esquinas, solo las cruza y vuelve a empezar. Estaba cerca, lo presentía, lo olía en el aire, o quizás, en realidad se sentía más cerca porque vio la plaza. Pero, ¿cerca? ¿Cerca de dónde?
Llegando a destino, buscó, analizando minuciosamente las probabilidades de: asientos libres, sombra, vista panorámica, niños, pelotas y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de estas bases (en ese orden). O tal vez fuera mejor, asientos libres, niños, pelotas, sombra, vista panorámica y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de las bases (Si, ese era el orden). No, la sombra era un asunto de mayor importancia, sin ningún tipo de dudas y se terminó la discusión. Situación más que normal, en Ramírez este tipo de discusión consigo mismo, ya que, era un tipo muy que democrático y abierto a nuevas ideas, a pesar de que estas estuvieran ya en su cabeza. Observaba y estudiaba las posibilidades, deteniéndose cada cinco metros, o seis tal vez, verificando que el rectángulo de cemento, de probable alta temperatura, cumpliera con los requisitos previamente establecidos. Tras fallas varias, encontró el indicado, debajo de un gran árbol, Dios sabrá qué clase de planta tamaño XXL habrá sido. Los niños más cercanos se encontraban a unos 15 metros, es decir dos o tres bancos de distancia, pero, aquí se encuentra el dato que lo llevó a seleccionar ese pedazo de masa solida gris como asiento. No había rastro alguno de pelotas u otro objeto esférico que pusiera en riesgo su integridad física o la de algún alma desdichada y sin suerte, que ingresara por casualidad en la plaza y recibiera un grotesco y violento pelotazo en su frente, volteándolo bruscamente sobre sus nalgas. Y no termina ahí, el impulso que llevara el endiablado balón sería tal, que tras el impacto anal con la tierra, su tronco continuaría el trayecto, finalizando el recorrido con un golpe seco (como una nuez) de su nuca contra una de las masas solidas y grises, perdiendo automática e irrevocablemente la vida, es decir, en ese preciso y triste instante de azar oscuro. En fin, nada de niños, ni pelotas, en cambio, la sombra era óptima, por último, la vista. La vista no era de lo mejor que podía conseguirse, pero considerando que el resto de los requisitos estaban aprobados, el tema de tener en frente un banco, un pedazo de pasto y la calle  (como en ese momento) o un árbol con flores y hojas que cayeran al vacío dejándose llevar de aquí para allá por la cálida brisa primaveral, pájaros aleteando y danzando alegremente sobre su cabeza, una planta de frambuesas  y una mujer haciendo top-less en el balcón de la vereda de enfrente, eran pormenores.  A su espalda, un par de cotorras reñían por un pedazo de pan, gritándose todo tipo de insultos (a pesar de no hablar el idioma de las cotorras, era obvio que se peleaban por el pan y solo un burro no hubiera sabido distinguir los insultos) cuando llegaba lo mejor y el pleito estaba por pasar a mayores, es decir picotazos y gritos desgarradores, llegaron ellas, una paloma  por lo visto dueña de una prioridad innata desconocida por Ramírez hasta el momento, y se adueñó de la merienda, mientras las verdes cotorritas cabronas, huían a toda velocidad en una dirección desconocida. Por fin se sentó, hasta él mismo se dio cuenta de que hacía ya un rato largo, que se encontraba parado junto al banco ganador. "¿Las palomas conquistarán el mundo? Tal vez, punto seguido Lo que es seguro coma es que lo dominarían mejor que los humanos punto final" Dictó al aire Ramírez. Hago tiempo, pero ¿Para ir a dónde? ¿A encontrarme con quién? Hacer tiempo. Que expresión más paradójica, pensó. No me sorprendería que un día de estos, aparezca alguna de esas empresas multinacionales diciendo: "aprenda a hacer tiempo", sea el mejor fabricante de tiempo, nunca más una llegada tarde a su trabajo, ni a una cita, podrá estudiar y trabajar al mismo tiempo… la publicidad probablemente siguiera, pero Ramírez se distrajo con otro concepto de su idea.  La tasa de suicidios subiría notablemente, después de unos cien o doscientos años, cuando la gente se diera cuenta, de que el hecho de hacer tiempo, le permite vivir ilimitadamente y ese, sería el momento en el que familiares, es decir hijos, nietos, bisnietos, tátara nietos, tátara tátara nietos (creo que se entendió el concepto) haría juicios recontra millonarios a estas empresas que enseñaron a “fabricar tiempo” a sus padres, abuelos (bla bla) y los condujeron a los más tristes suicidios. Entonces, más que hacerlo, lo gasto  la idea ingresó en su cabeza como un rayo e instantáneamente, estalló la risa. "La señora del banco de al lado me miró, ya no soportan ni las risas, che". Bajó los ojos hacia su muñeca para saber la hora, faltaban 15 minutos para las 16, o al menos, eso imaginaba Ramírez, que carecía de reloj desde hacía años, "me molesta" argumentaba siempre, cuando le preguntaban por qué los dejaba en su mesa de luz."Que buen invento una mesa de luz. Imaginate, conectada a la pared, no necesitas velador, ni tener que pararte hasta la otra punta de la habitación a apagar la luz que te olvidaste prendida hace 10 minutos sin saber que querías dormir. Debería patentarlo, debería ser inventor, ma que cartero ni que cartero, yo voy a ser inventor" Entusiasmado con la idea, su boca comenzó a inquietarse lentamente, se agrandó, creció un poco más hasta que, de un instante al otro, quebró el silencio con su risa. "Otra vez esta señora que me mira mal, ya nadie ríe en estos días, que pena" Debe ser la hora, mejor voy yendo. Sintió que algo lo perseguía, que lo miraba fijamente. No era cualquier mirada, era una mirada fría, quieta, al parecer, sin interés de enfocar sus ojos a él. Giró el tronco, intrigado por saber quién era su perseguidor, pero no había nadie detrás. Nadie. Ni un alma, ni la señora del banco de al lado se encontraba ya en la plaza. Levantó el hombro como gesto de desconcierto y continuó su ruta.
Comenzaba a nublarse, acto reflejo, Ramírez ensayó un movimiento estéticamente perfecto para arroparse, entonces descubrió una comodidad en su cuerpo, no experimentada en los ratos anteriores.  Una sensación de que algo le faltaba comenzó a adueñarse de su mente, en primer lugar y más tarde de su cuerpo, esto lo llevaría a comprender las razones de la estabilidad entre el cuerpo, el alma y la mente. “Si mi mente esta de mal humor, porque no entiende que le falta o porque siente menos pesado el cuerpo, entonces este último se sentirá de mal humor por solidaridad con la primera. No queremos malos entendidos entre vecinos.” El pensamiento de Ramírez fue tan profundo que se perdió en su realidad, sin percatarse antes, de que su cuerpo era realmente más liviano. Entonces, sus brazos comenzaron a aletear, aleteaban cada vez más rápido, como si quisieran desafiar a la lógica y despegar del piso, la gente comenzó a detenerse y mirarlo. Observar a ese hombre que aleteaba y parecía levitar. Primero el pie derecho lentamente se despego del piso. Luego, el izquierdo hizo lo propio y suavemente, cual gaviota rozando ese gris espejo que es el mar en invierno, emprendió el vuelo. Y despegó, como si fuese una acción tan natural como dejar entrar el aire en los pulmones o pitar un cigarrillo. Fueron segundos hermosos, eternos. De pronto, recordó que había sentido un golpe en la punta de su pie, con una de esas malditas baldosas levantadas. Se abrazó al piso de una forma mucho menos estética de la que había emprendido el falso vuelo. Primero las rodillas, luego el torso, amortiguado por los brazos y por último su cara que derrapo violentamente por la vereda, avanzando unos 2 o 3 centímetros. La gente que antes miraba estupefacta, ahora reía. Ríen, no pueden reír por sí mismos, tienen que esperar a que alguien pase por ridículo para sentir que no son los únicos, para proyectar la larga agonía en una pobre alma torpe pensó tranquilizándose Ramírez. El golpe no sólo lo condujo a esa teoría hermosa, pero triste y kafkiana, sino también a recordar su campera sobre el banco de la plaza, abandonada cual pelota en la rama más alta, del árbol más alto del mundo. O del barrio, que en todo caso, es como un mundo para un niño, o al menos era su mundo cuando él lo era. Su pequeño y limitado mundo, pero suyo al fin, donde todo estaba al alcance de su mano (o al menos casi todo, si no contamos la maldita pelota, colgado del maldito árbol, en el maldito barrio, que es su pequeño y acogedor maldito mundo). Aunque su tesis, llamada de esta forma ya que era imposible comprobarla, al menos en ese momento y en esas condiciones. No sería muy tenido muy en cuenta un hombre de unos treinta años, desparramado en el piso, esa era su verdadera posición, nada de tirado o echado, se encontraba verdaderamente desparramado en el piso. Los cigarrillos a casi un metro eran la muestra de ello, para Ramírez esto equivalía a tener un riñón en la otra esquina.  En cuanto recobró la postura de homo sapiens, miró con ira a sus compañeros de caída, que seguramente se reían con él y no de él. Y se echó a correr.
Llegó a la plaza, o palomar o cotorral o cotorralpalomar. Plaza, era una plaza. Se encontró frente a su banco, aunque con la particularidad de que su campera ya no reposaba tranquila sobre éste. Una sombra pasó rápidamente por el rabillo de su ojo izquierdo. Giró para ver mejor la situación y entonces comprendió. Era su campera que huía en el hombro de un alguien que precisamente no era él, su dueño, que tan bien la había tratado, seleccionando cuidadosamente no sacarla en días de lluvia ni ventosos. Quedando solo los días de sol, que como bien se sabe, en la extraña Buenos Aires a menos que nos encontremos en invierno, una campera en un día soleado equivale a un paraguas en una sudestada caminando al lado del río, considerando que no abundan los días soleados en invierno, esa campera debería ser la más feliz de este planeta o este barrio al menos, aunque este no era su barrio, debería ser feliz al fin. Viéndose en una clara desventaja de espacio, una cuadra y media y físico, dos o tres pulmones, decidió considerar la campera un obsequió para el desconocido.  Metió la mano derecha en su bolsillo izquierdo y removió como si su vida dependiese de ello y allí estaban, mansos y tranquilos, en su bolsa de lana, sus últimos dos cigarrillos. Extrajo el paquete y sacó uno del atado. Nuevamente lo invadió una sensación de pérdida, equivalente al percance con la campera. Con las dos manos se palpó todos los posibles refugios que podía haberle dado a su encendedor, pero no tuvo éxito. Una lagrima rodo por uno de sus pómulos al recordar el abrigo en cuestión y el aparatejo para prender el tabaco. ¿Quién será su nuevo dueño? ¿Los tratará como corresponde?

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