jueves, 22 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 2)

Luego de varias cuadras de correr y doblar a la derecha y seguir corriendo. El personaje se detuvo frente a un montículo de panes que comían perros. Un muchacho de unos veinte años, alto y fibroso encontró un encendedor dentro de la campera, ya sin correr, caminaba. En teoría sin rumbo. Pidió un cigarrillo a un grupo de muchachos en una esquina y se fue silbando a evitar la puesta del sol. Era divertido para él, silbar y fumar, como si estuviera en un escenario, que mientras el cantante, canta (casualidad del cosmos), sale humo de esas maquinitas, tira humos (otra casualidad del cosmos y Zeus). Campera al hombro, caminaba y caminaba sin cesar. Llegó a una plazoleta, con una escuela frente a ella y se sentó, con la espalda contra la pared y la mirada desafiante contra el establecimiento. A pesar del repudio de los padres presentes, que miraban con cierto disgusto y reprobación al muchacho de la plazoleta, que fumaba, mientras tocaba una guitarra que pedía a gritos el cambio por desgarro, rotura de ligamentos cruzados, contracturas y otras lesiones graves y no tanto, éste se quedo ahí, sentadito, inmutable, pero siempre, siempre haciéndola sonar. Sentado en el banco de la plazoleta, tocaba y fumaba con la mirada perdida en alguna partícula aérea, de esas que se observan al mirar al cielo durante la tarde. Fue entonces cuando los inocentes colegiales  (y colegialas) comenzaron a emigrar del instituto y fue entonces también, cuando los adultos comenzaron a mirar con más recelo al muchacho de la bigüela y su aire ausente. El cual, sospechaban que no era tan ausente, sino que escondía la intención de engatusar, para drogar a sus hijos, violarlos (sin importar sexo, ni edad, un muchacho con el pelo de ese largo, no podía tener ningún tipo de decencia, ética o moral), embriagarlos y por último devolverlos a sus hogares, dejándoles toda la carga y molestia a ellos, sus padres. Quienes solo habían buscado el bien en sus retoños, alejándolos de todo mal, como la realidad o eso. Sí, eso. Eso, lo innombrable, era la clave, lo irrevocablemente indiscutible. Con un muchacho así, sus hijos pensarían. Y sus hijos no debían pensar, no, jamás, eso nunca. Sus hijos debían seguir con el legado de sus padres, colegio, facultad, novia, egreso, casamiento, plenitud laboral, hijos y la rueda que vuelve a empezar (agregar a gusto y cantidad la palabra infelicidad). Mientras tanto el muchacho, seguía perdido en un mundo paralelo de acordes y versos y poesía. Cuando repentinamente el mundo se detuvo -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------  Una muchacha le disparó su mirada y su aerostático de imaginación imaginada, se vino a pique sin más remedio que el aterrizaje forzoso de una sonrisa. La muchacha, ruborizada, cambió de enfoque automáticamente, como retando a sus ojos por esa acción prohibida e indebida, pero ya era tarde. O temprano tal vez. Para cuando quiso volantear y tomar las riendas nuevamente, sus miradas ya eran una, y sus dientes desnudos se mostraban al viento para el bello muchacho cantor de la vereda de enfrente. Sus pies caminaban lentamente, casi sin andar. Ni las bocinas, las frenadas, los insultos o las súplicas de su madre importaban, nada importaba. Ni siquiera era tenida en cuenta semejante barbaridad. Importar, para que algo importe, hay que pensar y ninguna acción estaba más libre de la corrupción de la mente que esta caminata hacia la usina donde era fabricada esa luz, esa hipnótica y a la vez ingenua mirada. La guitarra sonaba por sí sola, ya que el enclenque, había dejado de posar su atención hacía ya varias horas, pero raramente esta seguía sonando con más y más belleza. Tal vez, ella, la guitarra, estaba logrando lo que el no, estaba describiendo a la muchacha, que cada vez estaba más cerca y que contrariada con toda obra de arte, solo había que acercarse para encontrar la perfección. Fue entonces, cuando los automóviles, viles maquinas de polución y consumo, se detuvieron por completo. El sueño de los fumadores se realizó, ya que estos dejaron de consumirse, aunque no pudieron disfrutarlo ya que, ellos también estaban presos del gualicho de estos dos jóvenes suicidas. El canto de los pájaros voló por los aires inconcluso y triste, sin compañía de su amigo el viento.  “Fue entonces” decía que sus miradas se apagaron y sus labios se acariciaron como si el movimiento de la tierra dependiera de ello.
Cuando recobró la memoria, era de noche. La guitarra seguía bajo sus dedos y la campera sobre su hombro. No había rastros de la muchacha. Ni la más ínfima e insignificante pista. Se levantó y muy tranquilamente se fue por donde había llegado, contrario a su llegada, esta vez nadie notó su presencia, es decir, la falta de ella. Vagando por las calles porteñas decidió entrar en un bar. Sentado en una mesa, pegado a la ventana, pidió hablar con el dueño del lugar. Su mente estaba verdaderamente rápida, sorprendido por esto sonrió maléficamente, como quien acaba de enhebrar el más macabro plan pensado jamás por cualquier remoto ser que haya habitado la tierra, o fuera a habitarla en algún momento de los siglos de los siglos de los siglos que quedan por delante, siempre y cuando escupamos sobre el Popol Vuh.  Arregló con el dueño tocar algunas canciones a cambio de que éste, le diera dos cervezas y le cobrara a la mitad de precio las siguientes, fue un acuerdo tácito y automático que habría siguientes. Era una buena manera de no pensar en la desconocida o al menos de pensarla y obtener un pequeño rédito de ello, es decir emborracharse más barato. A una cierta hora, luego de la primer cerveza, comenzó con su pequeña e improvisada lista de canciones. Entusiasmados, él y el reducido, pero acogedor, público, estiró la lista más de la cuenta, esto produjo que la segunda cerveza se acabara antes de la cuenta, es decir mientras tocaba. La ebriedad que empezaba a golpear la puerta y la boca ya reseca por la sustancia de malta, lo llevaron a pasar una improvisada pero más que útil gorra. Esto, cerró de manera perfecta para las tres partes, el muchacho pudo continuar bebiendo, la gente escuchando y el dueño del bar cobrando, a él y al público pequeño pero acogedor. Luego de varios ratos sobre el improvisado escenario, el muchacho decidió dar por terminado el show, bajó lentamente, no vaya a ser cosa de embarrar la imagen con una estampada de frente contra la barra. Se le acerco un hombre, ni joven ni viejo, un hombre. Un masculino. El muchacho no entendía muy bien que sucedía, pero notaba que algo en el tono de voz del hombre andaba mal. Quizás era porque estaba muy alto, el tono, o quizás por el tono imperativo y violento en el que lo trataba. Quién sabe. Bueno, el lo supo minutos más tarde cuando este borracho, en ese preciso instante comprendió que el masculino estaba plenamente ebrio y bajo la peor ebriedad, la violenta. Todas las piezas encajaron cuando el muchacho lo empujó hacia el escenario y él, sin dudarlo un segundo tomo el envase de cerveza y se lo partió en la cabeza.  Se disculpó con el dueño por lo ocurrido, tomó su guitarra, la campera y el sombrero y se retiró con total discreción.
Habían pasado varias horas ya, lo noto por las cuchilladas que le dieron entre el sol y la brisa mañanera, necesitaba una botella más antes de acostarse y, por lo menos, unos cuatro cigarrillos. Pero tenía un pequeño gran impedimento moderno, carecía por completo de dinero. Decidido nuevamente por la ebriedad o mejor dicho, decidiendo nuevamente la ebriedad por él, comenzó a pedir dinero a las pocas personas que se le cruzaban. Todos entre ancianos y borrachos (que por tener esta cualidad estaba claro que no tenían dinero) le negaban por completo su caridad. Dobló a la izquierda sin saber por qué. Caminó unas 15 cuadras o tal vez 3, solo Zeus lo sabría. ¿Disculpa no tenés una moneda para una birra o unos puchos? Le dijo a un hombre tirado en el umbral de una hermosa casa entrada en años y abandono. Monedas no tengo, pero te cambio mis quince pesos, por tu campera flaquito, contestó el hombre. Sin dudarlo aunque sea un instante, el muchacho le entregó la campera al hombre y este los quince pesos, perfectos para comprar la cerveza sin el envase, los cigarrillos y el boleto de vuelta a su casa, si es que todavía tenía casa y peor aún, si es que todavía existían los colectivos.  

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