jueves, 26 de enero de 2012

Millones y millones de personas circulan día tras día por estas calles. Sin mirar, sin observar, aunque sea una vez a ese otro humano con el que esta compartiendo un instante, un puñado de cuadro a cuadro que, en breve será borrado de la memoria para siempre. Esa cara, esos ojos, esa forma de caminar, esa sonrisa, quedaran en la nada misma. Serán transportados por un pequeño conducto al limbo del vacío, de los agujeros negros hawkingianos, donde las cosas logran la difícil tarea de transformarse en algo más inexistente que la nada. Autos, calles, vidrieras, perros, todo está, pero ya no. Las imágenes entran y salen con la misma facilidad. Mientras abren la puerta de ingreso, ésta, ya se convirtió en la de egreso, dejando al huésped siempre en el mismo lugar, de una forma casi mágica, digamos, oscura. Un eterno y oscuro círculo o espiral.
 Estos transeúntes, los que circulan por las calles, increíblemente jamás prestan atención a nada, jamás se comprometen con una secuencia, con una imagen. Viven solos en sus mundos de auriculares, diarios o revistas, a las que tampoco prestan atención. Son solo excusas. Excusas para no ver, que no son los únicos que huyen. Que no son los únicos que odian mirarse al espejo más que a nada o a todo (pero mirarse verdaderamente, no ver cómo queda la ropa, sino verse reflejados, sentirse dentro del extraño invento). Así se refugian detrás de sacos, corbatas, tablets, blackberrys y otras máscaras, todos aparatos alucinógenos. Estos, "aparatos alucinógenos" no los llevan al típico viaje psicoactivo del lsd o del san Pedro, no. El efecto de estos aparatos alucinógenos, paradójicamente, produce alucinaciones de la rama de la cocaína (aunque muchos podrían decir que no es una droga que permita alterar lo que vemos). Entonces, ¿Por qué estos aparatos son alucinógenos como un estupefaciente que teóricamente no lo es? Simple, porque producen la ilusión de ser alguien que en verdad no existe, crea egos donde antes había solo vacío, incita y atrae a la violencia y el caos, desarma y deja inactiva la inseguridad interior, hace creer que se es, lo que en verdad no se es ni se será jamás, un ser de plástico, ficticio. Ven la realidad de otro punto de vista autoconvenciéndose, entonces, para ellos esa es la realidad, la única hermosa y equilibrada realidad que puede llegar a rondar, si es que llegan al punto de tener una noción de realidad. No hay nada por fuera de los límites de su visión, como caballos que solo mira al frente, incapaces de cambiar el ángulo. Si es imposible abrir los párpados y dejar que las pupilas crezcan y crezcan para dejarlas quemar por la luz del sol, como podrían llegar alguna vez a abrir su mente, su espíritu, a considerarse simpes espectadores de una obra en la que no conocen al director, ni son capaces de ver a la audiencia. ¿Alcanzarán algún día a entender que no son dueños de nada, Ni de sus cuerpos, ni de sus pensamientos?. Pensamientos, que fluyen y corren a través de las autopistas de la mente sin que ellos tengan voz ni voto. Les reparten las cartas, y, obligas a jugar, simplemente eligen entre las opciones recontra filtradas y analizadas por algo que nunca llegarían a comprender. De esta manera, viven su realidad, conformes o resignados, pero esa, esa es la única realidad, la de llegar a su hogares y enfrentarse con ellos mismos. Cuando los aparatos dejan de hacer efecto y se dan la cabeza contra el paredón, y sus ojos lloran sangre mientras ven descarnadamente horrible a su propicio yo acurrucado en la penumbra del reflejo de sus almas en su mirada. Ellos con ellos, yo y yo. Las ideas y pensamientos y sinapsis golpean, saltan, gritan, retumban y salen por las orejas, la nariz, los ojos, la anarquía está en su punto máximo, los suicidios se acercan, cuando. De repente. Entre sudor y lágrimas, una pequeña pastilla se posa suavemente sobre sus lenguas y se deja caer como por un tobogán, subiendo  y bajando, hasta haber esparcido la calma y la paz. Y así duermen. ¡Y qué plácidamente lo hacen! Descansan bajo la misma falsedad en la que viven sumergidos día a día. Adictos al humo más nocivo, el de las cosas que tienen valor calculable en pesos, dólares o euros.
Pero es entonces, en esa vorágine de idas, vueltas, corridas, bocinas, gritos, llantos, pastillas, sangre, furia, que el milagro se consuma y planta una hermosa y blanca semilla de esperanza.
Nunca alcance a verlo, dice una voz desde el rincón del andén, puesto que era muy hermoso mi mundo feliz. Pero qué lindo es escuchar el relato en el que dos miradas se cruzan en dos subtes (como esos que se acercan alta velocidad) en direcciones contrarias, y las sonrisas iluminan las caras y los ojos quedan totalmente perdidos en el infinito túnel de un minuto de largo. Qué lindo sería compartir un viaje con una persona que se aleja más y más, y al mismo tiempo sigue dentro de uno. La señal sonora cantó, el hombre se perdió entre la gente y el tren en la oscuridad.

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