Suárez dirige sus pasos hacia la rivera, frenético, aunque titubeante. Camina con decisión. Pisa un pedazo de plástico y se exalta por su sonido, mira hacia los costados, como si alguien lo estuviera observando, eso es lo que él cree, que alguien lo persigue con la mirada, lo acompaña en la noche, esclavizándolo a la ruta que éste quiera. Se estremece de solo pensarlo, quiere quitarse ese pensamiento de su cabeza, no lo logra. Gira a la izquierda, luego a la derecha para girar nuevamente a la izquierda, cree que de esa forma conseguirá librarse de tan agobiante persecución. "Lo he logrado" piensa, "lo he dejado atrás". Pasos más tarde, oye pisadas unos metros detrás de él y aumenta el ritmo de su marcha, prácticamente corre, tropieza, intenta voltearse pero casi choca contra un canasto. Su corazón late cada vez más rápido, al compás de sus piernas. La respiración ajena se acerca, la tiene en su oreja, siente su humedad, su aliento pestilente acariciando su pelo. No comprende, su mente dice que está solo en esta caminata nocturna. Intenta tranquilizarse, entrar en razón, los pasos desaparecen, el aliento también. Comienza a mover sus piernas lentamente, como intentado disimularlo. De repente, frena su marcha bruscamente, trastabilla, su tez se vuelve más y más blanca, el sudor helado le cae por las manos, "por favor, dejame tranquilo" piensa. "No lograrás escaparte, esta noche no" dijo en su oído una voz dulce, femenina y suave. En ese entonces miró hacia las estrellas, como rezando o pidiendo un deseo y la vio, la vio como nunca, intranquila y turbia. Levantó la vista, el rio se encontraba frente a él, lo había logrado, una vez más lo había logrado.
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