Quería creerle, lo necesitaba. Pero algo en su interior lo impedía. Ese miedo a caer nuevamente, a bajar por ese abismo sin fin, a ingresar una vez más en ese círculo infinito. Entonces llegó el recuerdo de aquella tarde, en la que nada volvió a ser igual. En la que la mentira cubrió la realidad y la golpeó en la cara sin ningún tipo de anestesia ni aviso previo.
Eso, eso le impedía creer y le negaba el ticket de entrada. La fría brisa comenzaba a sentirse y una hoja amarillenta, acarició su hombro izquierdo, mientras las lagrimas caían de sus tímidos ojos. Aún se oía esa voz, grave y penetrante, que años atrás la había engatusado con historias, con bellas palabras estratégicamente ordenadas para captar su atención, pero también para dejarla caer en el mundo de los sueños, en esas tardes en las que la lluvia golpeaba los techos y el gris piazzollesco gobernaba la ciudad.
Debía comunicar su decisión y acabar con esto de una buena vez, si, terminar estas idas y vueltas. Pero, ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo dejar atrás tantos años? Tantos momentos, tantas miradas, tantas sonrisas, tantas palabras. Si alguien sabía como hacerlo, que se acercara y le dijera, pensó. Otra hoja se posó en su hombro, o tal vez sería una pluma, quien sabe. Su mirada perdida, tenía restringido subir hacia sus ojos, y él lo notaba y aprovechaba, imponiendo su mirada sobre los ojos de ella, dejándola sin la posibilidad de mirar a otro lado.
Su mente iba y volvía, a lo largo de su caminata a esta la plaza, esa plaza tan plagada de recuerdos. Porque, hay plazas llenas de árboles, plazas llenas de juegos para niños, plazas, tal vez, llenas de cemento y mesas para jugar al ajedrez y hay plazas llenas de recuerdos. Ésta, al menos ella la reconocía así, era una plaza llena de recuerdos. Cada flor, cada pasto, cada hoja, de cada rama, de cada árbol, tenía su pequeño espacio en el cajón de los recuerdos de su mente. Ya que, se había encargado de prestar detenida atención a cada objeto, cada mínimo y pequeño detalle, para que, cuando se sintiera sola o aburrida, poder recrearla de manera perfecta. Y así lo hacía, cada tarde y cada noche. Nunca la recordaba durante la mañana, podría ser porque nunca habían ido antes del mediodía o porque los recuerdos flotan a partir del crepúsculo y hasta el amanecer.
Abrió los ojos, ya no había hojas en los árboles, era invierno y el frío acariciaba los huesos. Se puso de pie, mirando al banco. A ese banco que, tantas veces, la había acompañado sin decir ni una palabra, ni dejar sentar a otra persona a su lado.
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