lunes, 19 de diciembre de 2011

Llegando tarde (Parte 1)

Llegaba tarde, por eso caminaba apurado, a pasos de Godzilla, o eso le gustaba pensar  cuando daba esas largas e interminables zancadas, en las que no importaba, pisar una baldosa, una hormiga, un talón o la tibia con yeso de algún lisiado. Andaba con la campera bajo el codo, arrastrándola por el piso, “que ciclotímica es esta primavera che, la etapa menopáusica del año. Frio, calor calor calor caloooor, frio, todo en el mismo día”. Casi corriendo, probaba que tan rápido podía caminar sin trotar, le gustaba adaptarse al ritmo del resto de las personas. Personas. ¿Personas?, bailarines que siguen un ritmo y compás,  en distintas direcciones, pero por el mismo motivo, mantener vivo a un sistema agonizante.  Las cuadras eran desiertos, en las que las esquinas serían oasis de agua que siempre, se corren un poquito más allá, para molestar al pobre caminante que nunca, jamás de todos los jamases habidos y por haber, llegara  a destino, a menos que consiga burlar el espejismo. La mayoría lo logra, ya que no es consciente de esto, no ve las esquinas, solo las cruza y vuelve a empezar. Estaba cerca, lo presentía, lo olía en el aire, o quizás, en realidad se sentía más cerca porque vio la plaza. Pero, ¿cerca? ¿Cerca de dónde?
Llegando a destino, buscó, analizando minuciosamente las probabilidades de: asientos libres, sombra, vista panorámica, niños, pelotas y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de estas bases (en ese orden). O tal vez fuera mejor, asientos libres, niños, pelotas, sombra, vista panorámica y lugares a desocuparse a la brevedad en caso de que el elegido no cumpla con por lo menos dos de las bases (Si, ese era el orden). No, la sombra era un asunto de mayor importancia, sin ningún tipo de dudas y se terminó la discusión. Situación más que normal, en Ramírez este tipo de discusión consigo mismo, ya que, era un tipo muy que democrático y abierto a nuevas ideas, a pesar de que estas estuvieran ya en su cabeza. Observaba y estudiaba las posibilidades, deteniéndose cada cinco metros, o seis tal vez, verificando que el rectángulo de cemento, de probable alta temperatura, cumpliera con los requisitos previamente establecidos. Tras fallas varias, encontró el indicado, debajo de un gran árbol, Dios sabrá qué clase de planta tamaño XXL habrá sido. Los niños más cercanos se encontraban a unos 15 metros, es decir dos o tres bancos de distancia, pero, aquí se encuentra el dato que lo llevó a seleccionar ese pedazo de masa solida gris como asiento. No había rastro alguno de pelotas u otro objeto esférico que pusiera en riesgo su integridad física o la de algún alma desdichada y sin suerte, que ingresara por casualidad en la plaza y recibiera un grotesco y violento pelotazo en su frente, volteándolo bruscamente sobre sus nalgas. Y no termina ahí, el impulso que llevara el endiablado balón sería tal, que tras el impacto anal con la tierra, su tronco continuaría el trayecto, finalizando el recorrido con un golpe seco (como una nuez) de su nuca contra una de las masas solidas y grises, perdiendo automática e irrevocablemente la vida, es decir, en ese preciso y triste instante de azar oscuro. En fin, nada de niños, ni pelotas, en cambio, la sombra era óptima, por último, la vista. La vista no era de lo mejor que podía conseguirse, pero considerando que el resto de los requisitos estaban aprobados, el tema de tener en frente un banco, un pedazo de pasto y la calle  (como en ese momento) o un árbol con flores y hojas que cayeran al vacío dejándose llevar de aquí para allá por la cálida brisa primaveral, pájaros aleteando y danzando alegremente sobre su cabeza, una planta de frambuesas  y una mujer haciendo top-less en el balcón de la vereda de enfrente, eran pormenores.  A su espalda, un par de cotorras reñían por un pedazo de pan, gritándose todo tipo de insultos (a pesar de no hablar el idioma de las cotorras, era obvio que se peleaban por el pan y solo un burro no hubiera sabido distinguir los insultos) cuando llegaba lo mejor y el pleito estaba por pasar a mayores, es decir picotazos y gritos desgarradores, llegaron ellas, una paloma  por lo visto dueña de una prioridad innata desconocida por Ramírez hasta el momento, y se adueñó de la merienda, mientras las verdes cotorritas cabronas, huían a toda velocidad en una dirección desconocida. Por fin se sentó, hasta él mismo se dio cuenta de que hacía ya un rato largo, que se encontraba parado junto al banco ganador. "¿Las palomas conquistarán el mundo? Tal vez, punto seguido Lo que es seguro coma es que lo dominarían mejor que los humanos punto final" Dictó al aire Ramírez. Hago tiempo, pero ¿Para ir a dónde? ¿A encontrarme con quién? Hacer tiempo. Que expresión más paradójica, pensó. No me sorprendería que un día de estos, aparezca alguna de esas empresas multinacionales diciendo: "aprenda a hacer tiempo", sea el mejor fabricante de tiempo, nunca más una llegada tarde a su trabajo, ni a una cita, podrá estudiar y trabajar al mismo tiempo… la publicidad probablemente siguiera, pero Ramírez se distrajo con otro concepto de su idea.  La tasa de suicidios subiría notablemente, después de unos cien o doscientos años, cuando la gente se diera cuenta, de que el hecho de hacer tiempo, le permite vivir ilimitadamente y ese, sería el momento en el que familiares, es decir hijos, nietos, bisnietos, tátara nietos, tátara tátara nietos (creo que se entendió el concepto) haría juicios recontra millonarios a estas empresas que enseñaron a “fabricar tiempo” a sus padres, abuelos (bla bla) y los condujeron a los más tristes suicidios. Entonces, más que hacerlo, lo gasto  la idea ingresó en su cabeza como un rayo e instantáneamente, estalló la risa. "La señora del banco de al lado me miró, ya no soportan ni las risas, che". Bajó los ojos hacia su muñeca para saber la hora, faltaban 15 minutos para las 16, o al menos, eso imaginaba Ramírez, que carecía de reloj desde hacía años, "me molesta" argumentaba siempre, cuando le preguntaban por qué los dejaba en su mesa de luz."Que buen invento una mesa de luz. Imaginate, conectada a la pared, no necesitas velador, ni tener que pararte hasta la otra punta de la habitación a apagar la luz que te olvidaste prendida hace 10 minutos sin saber que querías dormir. Debería patentarlo, debería ser inventor, ma que cartero ni que cartero, yo voy a ser inventor" Entusiasmado con la idea, su boca comenzó a inquietarse lentamente, se agrandó, creció un poco más hasta que, de un instante al otro, quebró el silencio con su risa. "Otra vez esta señora que me mira mal, ya nadie ríe en estos días, que pena" Debe ser la hora, mejor voy yendo. Sintió que algo lo perseguía, que lo miraba fijamente. No era cualquier mirada, era una mirada fría, quieta, al parecer, sin interés de enfocar sus ojos a él. Giró el tronco, intrigado por saber quién era su perseguidor, pero no había nadie detrás. Nadie. Ni un alma, ni la señora del banco de al lado se encontraba ya en la plaza. Levantó el hombro como gesto de desconcierto y continuó su ruta.
Comenzaba a nublarse, acto reflejo, Ramírez ensayó un movimiento estéticamente perfecto para arroparse, entonces descubrió una comodidad en su cuerpo, no experimentada en los ratos anteriores.  Una sensación de que algo le faltaba comenzó a adueñarse de su mente, en primer lugar y más tarde de su cuerpo, esto lo llevaría a comprender las razones de la estabilidad entre el cuerpo, el alma y la mente. “Si mi mente esta de mal humor, porque no entiende que le falta o porque siente menos pesado el cuerpo, entonces este último se sentirá de mal humor por solidaridad con la primera. No queremos malos entendidos entre vecinos.” El pensamiento de Ramírez fue tan profundo que se perdió en su realidad, sin percatarse antes, de que su cuerpo era realmente más liviano. Entonces, sus brazos comenzaron a aletear, aleteaban cada vez más rápido, como si quisieran desafiar a la lógica y despegar del piso, la gente comenzó a detenerse y mirarlo. Observar a ese hombre que aleteaba y parecía levitar. Primero el pie derecho lentamente se despego del piso. Luego, el izquierdo hizo lo propio y suavemente, cual gaviota rozando ese gris espejo que es el mar en invierno, emprendió el vuelo. Y despegó, como si fuese una acción tan natural como dejar entrar el aire en los pulmones o pitar un cigarrillo. Fueron segundos hermosos, eternos. De pronto, recordó que había sentido un golpe en la punta de su pie, con una de esas malditas baldosas levantadas. Se abrazó al piso de una forma mucho menos estética de la que había emprendido el falso vuelo. Primero las rodillas, luego el torso, amortiguado por los brazos y por último su cara que derrapo violentamente por la vereda, avanzando unos 2 o 3 centímetros. La gente que antes miraba estupefacta, ahora reía. Ríen, no pueden reír por sí mismos, tienen que esperar a que alguien pase por ridículo para sentir que no son los únicos, para proyectar la larga agonía en una pobre alma torpe pensó tranquilizándose Ramírez. El golpe no sólo lo condujo a esa teoría hermosa, pero triste y kafkiana, sino también a recordar su campera sobre el banco de la plaza, abandonada cual pelota en la rama más alta, del árbol más alto del mundo. O del barrio, que en todo caso, es como un mundo para un niño, o al menos era su mundo cuando él lo era. Su pequeño y limitado mundo, pero suyo al fin, donde todo estaba al alcance de su mano (o al menos casi todo, si no contamos la maldita pelota, colgado del maldito árbol, en el maldito barrio, que es su pequeño y acogedor maldito mundo). Aunque su tesis, llamada de esta forma ya que era imposible comprobarla, al menos en ese momento y en esas condiciones. No sería muy tenido muy en cuenta un hombre de unos treinta años, desparramado en el piso, esa era su verdadera posición, nada de tirado o echado, se encontraba verdaderamente desparramado en el piso. Los cigarrillos a casi un metro eran la muestra de ello, para Ramírez esto equivalía a tener un riñón en la otra esquina.  En cuanto recobró la postura de homo sapiens, miró con ira a sus compañeros de caída, que seguramente se reían con él y no de él. Y se echó a correr.
Llegó a la plaza, o palomar o cotorral o cotorralpalomar. Plaza, era una plaza. Se encontró frente a su banco, aunque con la particularidad de que su campera ya no reposaba tranquila sobre éste. Una sombra pasó rápidamente por el rabillo de su ojo izquierdo. Giró para ver mejor la situación y entonces comprendió. Era su campera que huía en el hombro de un alguien que precisamente no era él, su dueño, que tan bien la había tratado, seleccionando cuidadosamente no sacarla en días de lluvia ni ventosos. Quedando solo los días de sol, que como bien se sabe, en la extraña Buenos Aires a menos que nos encontremos en invierno, una campera en un día soleado equivale a un paraguas en una sudestada caminando al lado del río, considerando que no abundan los días soleados en invierno, esa campera debería ser la más feliz de este planeta o este barrio al menos, aunque este no era su barrio, debería ser feliz al fin. Viéndose en una clara desventaja de espacio, una cuadra y media y físico, dos o tres pulmones, decidió considerar la campera un obsequió para el desconocido.  Metió la mano derecha en su bolsillo izquierdo y removió como si su vida dependiese de ello y allí estaban, mansos y tranquilos, en su bolsa de lana, sus últimos dos cigarrillos. Extrajo el paquete y sacó uno del atado. Nuevamente lo invadió una sensación de pérdida, equivalente al percance con la campera. Con las dos manos se palpó todos los posibles refugios que podía haberle dado a su encendedor, pero no tuvo éxito. Una lagrima rodo por uno de sus pómulos al recordar el abrigo en cuestión y el aparatejo para prender el tabaco. ¿Quién será su nuevo dueño? ¿Los tratará como corresponde?

domingo, 16 de octubre de 2011

¿Domingo?

Despertose esa mañana, con los típicos síntomas de un domingo por la mañana o tal vez fuera sábado, quien sabe podría ser cualquier día de la semana. De lo único que estaba seguro, era de que era por la mañana. La boca seca, nauseas, una desconocida a su lado y por último su guitarra tirada en el piso. Intentó levantarse con movimientos sutiles, casi imperceptibles pero el sentimiento de que su estomago era invadido por un grupo de skinheads cocainómanos, no solo lo dejo mas acostado que antes, si no que ahora también se quejaba. La mujer a su lado, desconocida aún abrió los ojos, casi como sin querer hacerlo. Giró la cabeza hacia el costado donde él estaba, quejumbroso por el movimiento y nuevamente abrió sus hermosos ojos verdes, pero esta vez pareció como si estos quisieran escapar. Le sonrió como si esto fuera natural y luego, al ver el desconcierto de su acompañante matutino, explicó la situación. El extraño de tez morena y rulos, olvidó su malestar al sentir la amabilidad y oír la dulce voz de la muchacha. Estaba a punto de besarla, cuando su corazón se estremeció y la puerta gimió por los golpes que recibía. El muchacho la miró, como esperando un movimiento o una frase, tal vez fuese su novio, enfurecido por haberse quedado afuera o su padre, podía ser menor, podía ser cualquier cosa, podía ser la policía enviada por su padre, quien sabe. En vez de palabras, ella emitió la misma mirada de desconcierto y luego dijo "Esta no es mi casa, pensé que era la tuya". La confusión se adueñó del momento y quedaron en silencio durante unos segundos o tal vez minutos, hasta que se oyeron los golpes nuevamente. Esforzándose, el muchacho de tez negra y rulos logró moverse y luego incorporarse. Atinó a arroparse, pero se arrepintió sin siquiera haber comenzado con la acción. Abrió la puerta. Frente a él, se encontraba un hombre vestido con un reluciente traje blanco. Fumaba un habano y rápidamente, ingresó en la habitación y comenzó a retarlo, como si fuera un chico, elevando su tono de voz más y más hasta llegar a los insultos. En eso, salió la muchacha de ojos hermosos de la habitación. "Que pasa...?" preguntó al muchacho, pero este no tuvo tiempo de responder, porque ahora los insultos se dirigía primero a ella, luego a él y nuevamente a ella, para terminar recayendo en él. Entonces, el llanto. Su representante, agarró a la muchacha la cargó en su hombro. Abrió la puerta. Y la dejó afuera. Luego, caminó hacia la habitación, tomo su ropa, volvió a abrir la puerta y la tiró en el pasillo donde ella estaba sentada sobre la pared llorando. Luego del portazo, se volvió hacia el muchacho, mudo desde que entró, este quiso salir corriendo a buscarla, a buscar sus ojos, su sonrisa, su amabilidad, su ternura, entonces un brazo apareció en su camino y luego "es solo una más..., no vale la pena. Solo por el dinero" y repitió como si ya no se dirigiera sólo a él, sino a algo más pero que él no alcazaba a ver " solo por el dinero". El muchacho se tranquilizó, se sentó en el sillón y descanso su cabeza sobre sus manos y sus brazos sobre sus rodillas. Salieron del edificio, tomaron un taxi y se fueron. El representante, la guitarra y el muchacho de tez morena y rulos.
La radio del chofer, estaba fuerte y él podía escuchar tranquilamente mientras miraba por la ventana el paisaje de la ciudad que recién se despierta. Entre la mala señal de la estación radial y la resaca, el muchacho lograba comprender algunas pequeñas palabras de la conversación entre el chofer y su representante. "negro" "putas" "dinero" risas, "drogadicto" "homosexuales de mierda". Intentando no pensar nuevamente en la bella muchacha, se volvió hacia la ventana y un policía insultaba y desalojaba a una joven embarazada y a su pequeño niño de una esquina.  Terminaba de sonar Muddy Waters, cuando el dj de la radio, comenzó a hablar. Vietnam a las muertes de soldados, se suma la represión de los manifestantes en su contra, por otro lado, nuevamente desalojaron  homosexuales de varios bares de San Francisco. Linda mañana de domingo, comentaba el conductor entre risas. Así estuvo hasta que llegaron al estudio. La guitarra, el representante y el muchacho de tez morena y rulos, bajaron del auto.
Con su corazón lleno de incertidumbre e impotencia, entró al estudio de grabación grabar. Faltaban algunas canciones y ese era el día de una sobre la cual, el muchacho había hablado con mucho entusiasmo, casi como si no fuera suya. Pero no sería un día más, no. Entusiasmo que  había desaparecido y a cambio, dejado un sabor a venganza en su reseca boca. Ese día, devolvería todo el odio recibido, de la peor forma. Ese día, fue grabada Little Wing. Ese día Jimmy Hendrix, dejó de tocar su guitarra cuando iban 2 minutos y 24 segundos, dejando que la canción solo se concluyera en su mente. 

martes, 30 de agosto de 2011

Incomunicación


Una mezcla entre amor y odio irrumpió en sus ojos. Pero toda esa fuerza contenida, no existía frente a la fría y distante indiferencia de la mirada en cuestión. Las lágrimas rodaban colina abajo por sus mejillas, luego serían brutalmente aplastadas y recogidas por el puño de su dueño, en un intento de disimular y evitar lo que era sabido. Buscaba en su mente un pensamiento, una idea, pero una a una las descartaba, tachándolas con cruces que ya no eran tales cruces, sino equis, y esas equis, incógnitas, representaban ese momento mucho mejor que cualquier idea o pensamiento que haya caminado por los senderos de su mente.
Una suave brisa acaricio su rostro y una sonrisa se dibujo en su cara, no había rastros de la indiferencia, del amor, ni del odio, solo una mano que iba y venía, hacia arriba, luego abajo y otra vez arriba y nuevamente abajo. Levantando la cabeza encontró una expresión picaresca en ella, una expresión que conocía casi tanto, como ella los divagues de él y su manía porque lo dejen viajar sin ser molestado por una mano ni por un chasquido. Siguiendo el recorrido por ese conjunto de bellos rasgos femeninos, los labios comenzaron a moverse disparando preguntas, una tras otra, tras otra. Intentó contestar. Algo no funcionaba, las palabras no salían de su mente, un acto muy egoísta de parte de ésta que se negaba a traducir el idioma que las cuerdas vocales expulsan. Quizás, lo que buscaba comunicar a modo de respuesta, no existía en forma de palabra. No, no era eso, no existía tal respuesta.
Él ya no estaba allí, tal vez, jamás lo había estado.

martes, 23 de agosto de 2011

La sombra


Besa su mejilla buscando paz. Ya pasó el susto, aunque ese grito tan mudo tan desesperante tan conocido, sigue resonando en su mente. Lo siente cerca, sabe que se encuentra ahí, aunque no lo vea, aunque ella no lo sienta, él está entre las penumbras de la habitación, vigilándolo, recordándole. Piensa en levantarse, "si se despierta se va a dar cuenta" piensa y recontrapiensa, mientras sentado hace las veces de malabarista para con su maldita mano izquierda  (siempre rebelde, siempre "independiente" del resto de su cuerpo, siempre anarquista) para agarrar un cigarrillo y el encendedor. "¿Porque siempre un cigarrillo?, porque no todo el paquete? ¿Sacar uno y dejarlo? Que tipo complicado sos".
"¿Otra vez el techo?  "pensó mientras miraba la hora. "No puedo dormir ni una hora seguida la puta madre". Miró a su lado y algo lo incomodaba, como si algo no estuviera en su lugar, aparte de los cigarrillos desparramados por el piso y el encendedor roto (maldita mano). Entonces, una idea lo iluminó, lo abrazó, ella estaba no estaba en la cama. La escuchó salir del baño y caminar por el pasillo, volver sobre sus pasos y luego decidirse por la cocina. "Algo anda mal, se va si avisarme y encima. Encima, aparte, duda si volver o no, se va, ya está asumilo chabón, se va". La cama tembló, y luego volvió a su lugar. "Que tipo boludo".
La mañana llegó, para variar con un calor incosebible, tan asqueroso que rechazó el mate, el café y las tostadas. Ella lo miró preocupada, pero luego siguió leyendo por decimoquinta vez ese libro que, no se sabe si le gusta mucho o si aún está intentado comprenderlo. "Otra vez vos acá, andate hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta, no puedo ni disfrutar un domingo tranquilo que apareces acá de nuevo, ¿qué tengo que hacer para que me dejes tranquilo?". Se sirvió un vaso de agua y agarró el diario, mirando como siempre a ella, tan hermosa como todos los domingos, siempre y cuando todos los días se llamaran domingo. Encendió un cigarrillo, "es muy temprano para fumar che", no hizo caso al reproche y dio la primer pitada, casi desafiante. Puso un disco, el que tenía más a mano y volvió al sillón, ella se sentó a su lado lo besó y le murmuró algo al oído. Solo en el living, mirando el pasillo por donde iba y venía la muchacha, poniéndose el primer pantalón que encontraba y saliendo apurada mirando el reloj de la pared. "Ahora estamos solos, no la vas a seguir a ella el problema es conmigo" grita afirmando su sentimiento. "Sé que estas ahí, casi tanto como que no vas a aparecer, no se para que me gasto". Pensó en salir un rato al patio, pero los 38º a la sombra no lo terminaban de convencer. "¿Te estoy complicando no? ¿Si mi vida no es interesante que vas a hacer? te vas a tener que ir" mientras sonríe sarcásticamente, pone agua en una paba y está en el fuego.
"Definitivamente, este le encontró la vuelta para sacarme de encima" pensé, mientras miraba al cielo y quedaba al borde de la ceguera. Tome mi mochila y camine hacia la vereda, sin cerrar la puerta, la muchacha llegaba con bolsas de supermercado.

domingo, 31 de julio de 2011

Miles Davis, 1959, All Blues.

La fiesta
La música se escuchaba de varias cuadras a la redonda. Golpeó una puerta. Primero ingreso la altanería, luego la soberbia y por último él, Álvaro Mansilla. La gente  volteaba sus cabezas para sonreírle pero, él, se mantenía inmutable, ni un solo músculo de su cara siquiera atinaba a realizar un minúsculo movimiento. Álvaro caminó hacia la barra "Dame dos whiskeys dobles, escoceses, del más caro que tengas", tomó uno con cada mano y se alejó. Ingresó en un pasillo, contó varias puertas, hasta detenerse delante de una, por intuición tal vez. Bebió de un sorbo el primer vaso y golpeó. "Adelante" dijo una voz gruesa, haciendo temblar un florero que estaba a la izquierda de Lucio. Tragó el segundo vaso y poso su mano sobre el picaporte y lentamente lo giró.

La habitación
"¿Tiene lo nuestro Masilla?" preguntó el hombre que estaba sentado a la derecha de la puerta. "Me insulta Gómez Tulio, me insulta". "Solo quería asegurarme que sigue siendo el mismo". Álvaro abrió su sobretodo y sacó un sobre de papel madera de su interior, iba a apoyarlo en el escritorio que tenía delante, pero prefirió retenerlo, "¿Tienen lo que acordamos, verdad Gómez Tulio?". El hombre replicó, "Es usted quien nos insulta ahora Mansilla, por supuesto que lo tenemos, ¿Cuándo hemos faltado a nuestro acuerdo?"  Preguntó sin esperar respuesta y mostró un maletín negro entre sus piernas. "Tome asiento" dijo de repente la misma voz gruesa. Una figura alta y ancha salió de entre  las sombras y el humo del tabaco. Rodeó a Mansilla que acababa de sentarse. Posó las manos sobre sus hombros y segundos más tarde dijo “déjeme ver el paquete viejo amigo”, Mansilla lo entregó sin emitir un sonido.

El paquete
"Justo lo que buscábamos, siempre tan cumplidor y eficaz Mansilla", dijo el hombre gordo mientras largaba el humo de un cigarrillo importado. "El problema está, en que estas fotos comprometen a mucha gente, usted lo sabe, entre ellas gente allegada a mí” otra vez se llamó al silencio. “Ahora, queda un dilema, si lo hizo por respeto  a mí y a mi familia o por el dinero". Mansilla iba a contestar, cuando el hombre continuó hablando "En realidad, no le voy a mentir, estas fotos me  incriminan y presiento por el sudor que baja por su cuello, usted no sabía de mi presencia en la habitación esta noche".

La canción
 Dio una pitada del tabaco, esos segundos fueron eternos para Mansilla, y volvió a violar el frágil silencio con su voz de ultratumba "¿Me puede hacer un favor?". Mansilla, ya no era el mismo, la altanería y soberbia se habían transformado en nerviosismo y miedo "Si" contestó tembloroso. El hombre miró a Gomez  Tulio y sonrió, luego comenzó a tararear una canción, una canción que mansilla conocía muy bien, la había escuchado minutos antes en su auto. "Miles Davis,  1959, All Blues". Mientras asentía, el hombre exclamó un "ah" tan largo como sus silencios interminables, "Pero que idiota, muchas gracias, le ha quitado a un viejo una duda de varios días. ¿Quiere escucharla?". Mansilla pareció meditar su respuesta, aunque todos en la habitación conocían su respuesta, "Por favor, eso no se pregunta" contestó ahora más calmado.
Durante 11:30 minutos lo único que se escucho en la habitación, fue el sonido del tocadiscos, en los últimos segundos de la canción, sonó también el gemido  de un silenciador.

lunes, 18 de julio de 2011

Suárez y la persecución.

Suárez dirige sus pasos hacia la rivera, frenético, aunque titubeante. Camina con decisión. Pisa un pedazo de plástico y se exalta por su sonido, mira hacia los costados, como si alguien lo estuviera observando, eso es lo que él cree, que alguien lo persigue con la mirada, lo acompaña en la noche, esclavizándolo a la ruta que éste quiera. Se estremece de solo pensarlo, quiere quitarse ese pensamiento de su cabeza, no lo logra. Gira a la izquierda, luego a la derecha para girar nuevamente a la izquierda, cree que de esa forma conseguirá librarse de tan agobiante persecución. "Lo he logrado" piensa, "lo he dejado atrás". Pasos más tarde, oye pisadas unos metros detrás de él y aumenta el ritmo de su marcha, prácticamente corre, tropieza, intenta voltearse pero casi choca contra un canasto. Su corazón late cada vez más rápido, al compás de sus piernas. La respiración ajena se acerca, la tiene en su oreja, siente su humedad, su aliento pestilente acariciando su pelo. No comprende, su mente dice que está solo en esta caminata nocturna. Intenta tranquilizarse, entrar en razón, los pasos desaparecen, el aliento también. Comienza a mover sus piernas lentamente, como intentado disimularlo. De repente, frena su marcha bruscamente, trastabilla, su tez se vuelve más y más blanca, el sudor helado le cae por las manos, "por favor, dejame tranquilo" piensa. "No lograrás escaparte, esta noche no" dijo en su oído una voz dulce, femenina y suave. En ese entonces miró hacia las estrellas, como rezando o pidiendo un deseo y la vio, la vio como nunca, intranquila y turbia. Levantó la vista, el rio se encontraba frente a él, lo había logrado, una vez más lo había logrado.

sábado, 9 de julio de 2011

El tiempo jamás fue ni será un asunto al que darle importancia.

Continuaron pasando los segundos. Y así los minutos y las horas. Pero no lo sabés, nunca te darás por aludido. Para vos el tiempo jamás fue ni será un asunto al que darle importancia. El tiempo va y viene, casi como una hamaca, solías decir cuando aún manteníamos sueños y esperanzas, que hoy, solo son recuerdo, imágenes ajenas que revisitamos cuando la nostalgia sale electa entre un sin fin de sensaciones. Pero, aunque no lo creas, el tiempo pasó, ya nada es como era, nada me resulta más extraño, que ese joven poeta, idealista y galán que mi memoria intenta hacerme creer que fui. Pero no soy el único al cual el presente, lo golpeo al punto de la amnesia. Mirate, enfoca tus ojos a ese espejo horrible que tenés ahí y mirate por favor. Escuchate, no te reconozco, será que mi yo joven se fue con el tuyo, y quedaron estos dos personajes que nada tienen que ver con nosotros o tal vez, sean lo que siempre fuimos y nunca lo quisimos ver, quien sabe. Pero basta, basta ¡basta mierda! ¡levantate!, si te querés matar, hacelo ahora, no sigas estirando la agonía con eso, mira en lo que te convirtió, un monstruo que no puede quedarse parado, ni coordinar una oración. Tanto miedo le tenías al ser humano, que cuando supiste que vos eras uno también, comenzaste a autodestruirte, no lo comprendo, en serio no te comprendo Julio. Pero, como te voy a comprender a vos, con esa cabeza tan enroscada que siempre tuviste, si ni siquiera logro comprenderme a mí mismo, si nunca supe porque vivir, porque luchar, de no ser por vos hubiera estado en ese kiosco hasta el día de hoy, en serio te lo digo. Todo lo que tengo es gracias a vos, mi familia, mi casa, los departamentos, el auto, la educación de los chicos, de veras Julito, todo gracias a vos y a esas dos letras. En fin, me tengo que ir a una reunión, vos viste como son las cosas en año electoral. Pasaba para ver si necesitabas algo, te deje la comida y algo de plata ahí en la cocina. Aunque me da mucha pena como estás, quisiera quedarme, quisiera vivir acá con vos. En realidad, quisiera vivir como vos, siempre quise ser como vos ¿sabes? Eras el que hacia reír a todos, el que traía mujeres, el que siempre tenía una idea nueva para el partido, el primero en darle tu ropa a un necesitado, siempre quise tener tu coraje y tu honestidad. El hombre que aún estaba tirado en el piso, levantó la mirada por primera vez en la tarde. Cuando el otro comenzó a hablar nuevamente. Siempre quise ser como vos repitió, pero como me di cuenta que eso no se iba a dar jamás, y la puerta se cerró dejando a las palabras golpeando contra las paredes y desasiéndose en simples letras sin sentido.